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Contribución Camaldulense Para La Paz

Un episodio significativo

Moscú, mayo de 1965. Una pequeña y extraña delegación de seglares y religiosos está llevando a cabo en la capital rusa una misión secreta. Está buscando la mediación entre la Rusia de Yeltsin y la República autónoma de la Tchetchénia. El pedido de mediación fué dirigido a los “inexperientes mediadores” por exponentes de la cultura Tchetchénia y por algunos pacifistas rusos, a través de una asociación de laicos católicos que posee el expresivo nombre de “Golondrina Ciudadela de la Paz”. Fué aceptada por las autoridades rusas.
“Golondrina Ciudadela de la Paz” nació por obra de un grupo de jóvenes laicos católicos de la diócesis de Arezzo, que hace años tiene como punto de referencia espiritual el “Sacro Eremo” y Monasterio de Camáldoli y el convento franciscano de La Verna. San Francisco, el santo de la paz por excelencia, alli recebió los estigmas como señal de su total configuración al amor de Cristo crucificado. Por este referencial espiritual de los miembros de la asociación a los dos lugares sagrados de la diócesis de Arezzo, en aquellos días hacían parte de la delegación de la paz también el Prior General de la Congregación Camaldulense, D. Emanuele, el guardián del sacro convento, Padre Fiorenzo, juntamente con el Vicario General de la diócesis de Arezzo, Padre Franco.

Una delegación desarmada bajo todos los aspetos, pero respetable y digna de confiança por su experiencia religiosa y por la abierta acogida humana demonstrada hacia los varios progagonistas. Este patrimonio de credibilidad era el fruto, no buscado, mas verdadero, de un percurso de mutuo conocimiento y amistad construído desde una iniciativa de paz en nombre del Señor Jesús”, desarrollada entre Navidad y Epifanía de 1988-1989. Del Santuario de La Verna, en el día de los Estigmas de S.Francisco, 13 de septiembre de 1988, partía un mensaje de paz de los jóvenes “Golongrina Ciudadela de la paz” direccionado a la Señora Raíssa, mujer del Presidente Gorbachev, a los jóvenes rusos. Un mensaje en nombre de San Francisco y del profeta de la paz en nuestros tiempos, que fue el Prof. Giorgio La Pira (+1977), por su vez profundamente ligado a Camáldoli y la Verna, cuyo nombre, para los rusos, significaba paz y amistad, desde los años de la más áspera guerra fría (años 1950).

El mensaje de la Verna fue acogido por la Señora Raíssa, haciendo posible un viaje-testimonio de los jóvenes aretinos y sus acompañantes espirituales (franciscanos y camaldulenses) a varios centros culturales y universidades de la entonces Unión Soviética y al Patriarcado de Moscú.

Este camino desarollao en el ámbito de la amistad y la comunicación espiritual, fué la razón por la cual pudo nacer la excepcional iniciativa de paz de mayo de 1995 en Moscú. Excepcional, no por los resultados logrados en el ámbito diplomático y militar, pues la tregua acordada naufragó en 12 de junio por el boicot por parte de los “duros” del Kremlin, mas por el reconocimiento del valor atribuído por las facciones en conflicto a las dos comunidades religiosas, pobres de medios humanos, mas ricas por la irradiación espiritual evangélica de sus padres fundadores, Romualdo y Francisco.

¿ Por qué quise recordar este acontecimiento en el cual una comunidad monástica fué llamada a desenvolver una tarea directa de promoción de la paz entre pueblos en guerra, tarea que normalmente cabe a otras instancias sociales y políticas? No para reivindicar a la comunidad monástica una función política impropia, mas para subrayar la fuerza intrínseca de paz que los valores espirituales que animan las comunidades religiosas y monásticas puedem exprimir cuando éstos son colocados en juego con simplicidad y amistad en las relaciones humanas que la vida ofrece en las circunstancias concretas más allá de todo programa institucional.

“Obedecer a la vida” con simplicidad de corazón, ¿no es quizás la primera forma de obediencia al amor por parte de todo discípulo de Jesús? El Señor nos exhorta contra la ceguera de la cual permanecen prisioneros el sacerdote y el levita, más preocupados con la propia pureza legal que con la vida del hombre dejado casi muerto por los ladrones en el camino entre Jerusalén y Jericó. El samaritano de corazón generoso asume los riesgos. “Va y hace lo mismo”, es la respuesta cortante de Jesús al escriba que lo interrogaba sobre quien fuese el próximo a ser amado (Cf. Lc 10,29-37).

¿La pronta y no calculada obediencia, que San Benito requiere del monje como primer grado de la humildad (Cf. RB 5,1), puede quedar circunscripta a los muros del monasterio? La historia monástica nos enseña que abraza toda la vida en una entrega llena de confianza en el Señor que puede llevar hasta la donación de la propia vida en el martirio, como aconteció en la Polonia, en 1003, a un grupo de discípulos de San Romualdo, conocidos como “los cinco hermanos” y como aconteció en nuestros días a los “siete hermanos” trapistas de Atlas (1996).

El episodio de la mediación de la paz tentado en Moscú permaneció circunscripto a aquel evento, con un perfil estrictamente político. Entre tanto, continuó y continúa a desenvolver una fructífera acción de paz de la cual la comunidad monástica es a la vez protagonista y destinataria. Hijos de la Rusia y de la Tchetchénia, de Israel y de la Palestina, de Abkazia y de Armenia, como de otras naciones en guerra entre sí, ortodoxos y musulmanes, hebreos y cristianos, son acogidos en la comunidad de “Golondrina Ciudadela de la Paz”. Descubren el valor de la paz a través de la convivencia diaria entre “Pueblos diversos” que traen en la propia carne las heridas del odio y de la guerra de sus países de origen y muchas veces de sus familias destruídas. Durante tres, cuatro años estudian en las escuelas italianas, hasta lograren títulos de estudios y profesión, de modo que se tornen provechosos para sus vidas y para la paz, cuando retornan a sus respectivas naciones. Vivir en paz y respeto entre diferentes es posible y enriquecedor. Este es el mensaje que los jóvenes, hijos de pueblos enemigos y de religiones hoy en conflicto entre sí interiorizan y que se vuelve el más precioso patrimonio para sus vidas y para su empeño social y político.

Durante estos años se tornó sistemático el relacionamiento periódico de jóvenes estudiantes extranjeros con la comunidad monástica y con el convento de La Verna. Es una educación recíproca entre monjes y jóvenes. Un proceso de aprendizaje muy positivo también para la comunidad monástica. Sobre todo en estos años en que en su interior van acentuándose las diferencias de formación cultural y de sensibilidad humana entre generaciones y entre nacionalidades diversas que integran siempre, más también las comunidades monásticas en Europa e Italia. Somos servidores auténticos de la paz, cuando procuramos ser discípulos antes que maestros.
Por estas razones, entonces solamente intuídas, no nos pareció extraño a nuestra identidad de monjes responder, en aquel momento histórico, al apelo a un envolvimiento directo, aunque excepcional, en una obra de pacificación de muchas facetas.

Entre la memoria y la actualidad
Camáldoli es una comunidad monástica que posee como referencial aquel hombre carismático, San Romualdo, que, aunque radicado en la dimensión solitaria de la vida monástica, no se omitió en la defensa de los pobres contra los poderosos, en la pacificación de ciudades en guerra, en el empeño por la renovación de la vida monástica y por la reforma de la Iglesia . De él se puede repetir con razón lo que D. Juan Leclercq escribió sobre S. Pedro Damián, biógrafo de San Romualdo: él fue verdaderamente “ermite et homme d´église”, eremita y hombre de Iglesia , partícipe de las vicisitudes más vivas de su tiempo.

La fidelidad a la memoria estimula el repensar del patrimonio de la tradición, en el confronto con la realidad mutable de la historia de ayer y de hoy que exige una hermenéutica dinámica. Ella no nos ofrece respuestas ciertas, prontas, para enfrentar los desafíos de hoy. Nos expone al riesgo del discernimiento y de las opciones. Pueden crear también tensiones en las conciencias de nuestras comunidades. Como en parte sucedió también en la comunidad de Camáldoli, en aquella ocasión. De cualquier forma, quita la supuesta paz de quién piensa poder vivir en el monasterio o en el eremitorio aquella seguridad garantizada por el pasao.

Ser operadores de la paz hoy, por parte de los monjes y monjas, exige, ante todo, de las comunidades, promover en su propio interior el crecimiento de personas pacificadas en si mismas en la fidelidad a Dios y a la propia humanidad y relaciones fraternas en las cuales la dinámica da la comunión de las diferencias se substituya a la igualdad formal, asegurada por la uniformidad de la observancia regular o por la autoridad del abad. Desafíos de gran relieve que monjes y monjas encuentran en su fuero íntimo y dentro de la comunidad.

Es esta la experiencia de una paz siempre en construcción, que torna monjes y monjas compañeros de viaje creíbles y confiables para aquellos que procuran en si mismos una paz no ficticia y aspiran a crear y vivir relaciones no de competición, mas de respeto y valoración de las subjetividades, capaces de compartir los sufrimientos y las alegrías del otro. Hombres y mujeres de corazón compasivo, como el del maestro y amigo Jesús.
En la escuela de los padres

Camáldoli encontró en los maestros espirituales de la propia tradición este sentido de una procura de la paz humilde y abierta, frágil y fuerte. Estos maestros nos enseñan que la paz es fruto maduro de la experiencia de un camino interior que conoce el no menor combate de la intimidad en relación con Dios y que exige la reelaboración total de si mismo en sintonía con el Espíritu del Señor.

Escribe el autor de la Consuetudo Camaldolensis, el Prior Rodolfo II (1180): “Existe meditación silenciosa cuando se unen indisolublemente la regla del callar y la vigilante ocupación del meditar; una sin la otra no basta a la salvación. De hecho, el silencio sin la meditación es muerte, sepulcro de un hombre, aunque vivo; la meditación sin silencio es ineficaz, inútil agitarse de un hombre cerrado en el sepulcro. Juntamente unidos en sentido espiritual, son tranquilidad para el alma y perfección de la contemplación... ¿ Para qué sirve ser silenciosos con la lengua , si la vida o la conciencia están tempestuosas?” .

Solamente una experiencia de lucha y pacificación consigo mismo y de solidariedad cordial y humilde con todo combatiente en el Espíritu puede legitimar lo que está escrito de modo relevante en la puerta de entrada de tantos monasterios: Pax, Paz! Nos ha recordado, con su aguda sensibilidad, Thomas Merton, haciendo suya la expresión del poeta inglés Dunn: “Hombre alguno es una isla!”. El monasterio no es una isla de paz garantizada. Ni se puede hacer de sí mismo una isla, cerrándose a quien procura caminos de paz. Es, al contrario, llamado a hacerse un puerto de apoyo para abastecerse y retomar el itinerario.

Una dura lección
Por casi toda la mitad del siglo XX Camáldoli vivió en la propia piel la fatiga de construir en su propio interior la “comunión en la diversidad”, sintetizada en las relaciones entre vida cenobítica y vida eremítica, eremitorio y monasterio. Vividas pacíficamente por San Romualdo y sus discípulos, por casi cinco siglos, con libertad y creatividad, propias de los grandes hombres del Espíritu, estas dos dimensiones inseparables de la vida monástica camaldulense habían perdido su unidad en el siglo XVI. Las dos palomas que beben en el único cáliz de Cristo, símbolo del eremitorio y monasterio en el blasón de Camaldoli, habían volado hasta horizontes separados, marcados por ideologías y muchas veces causadores de conflictos. A lo largo del milenio, había sido conservado solamente un “pequeño resto” de la unidad originaria en la misma comunidad de Camáldoli, formada por el Sacro Eremitorio y por el Monasterio.

Los eventos históricos que llevaron a la unidad política de Italia en la segunda mitad del siglo XIX, trajeron consigo la supresión de muchas comunidades monásticas entre las cuales uqales se encontraba también Camáldoli. Aquella dispersión de monjes no representó solamente la pérdida de la vida regular de la comunidad y la desapropiación de sus bienes. Incidió también profundamente en la pérdida de la relación con los propios orígenes y con su múltipla tradición. Los sobrevivientes, cuando fueron autorizados a retornar al Sacro Eremitorio y Monasterio, se concentraron en el esfuerzo de sobrevivir, haciendo de su centro aquello que aquella generación había conocido por experiencia de vida cotidiana, mas habiendo perdido toda relación con las propias raíces originarias.

Un largo camino, que duró cerca de 60 años, debería llevar a redescubrir progresivamente las fuentes romualdinas y camaldulenses. De este modo, la seglar tradición de Camáldoli, que, exactamente en su riqueza y en su pluralismo de expresiones, había encontrado su característica, constituía ahora para estos monjes la pregunta más inquietante: ¿ Por qué los padres, a lo largo de los siglos habían traducido el carisma de Romualdo en modalidades tan diferentes, de modo que parecía, a veces, en contradicción con aquello que ellos habían encontrado en el S. Eremitorio del siglo XIX e inicio del siglo XX? ¿Como enfrentar los desafíos de la formación de las nuevas generaciones de jóvenes candidatos que en relación a ellos parecían tan diferentes? ¿ Cómo enfrentar el riesgo de una nueva supresión, imaginada siempre posible, a no ser procurando reforzar la fidelidad a la regla de la vida eremítica, esperando, de este modo, evitar aquella misma punición infligida por Dios al pueblo de Israel, que, por su infidelidad, había merecido el exilio de Babilonia?

Hacia nuevos horizontes
Eran muchas las preguntas que poblaban en julio de 1899, cuando el obispo de Rio Grande do Sul, Don Claudio José Gonçalves Ponce de Leão, fué a Roma para participar del Primer Concilio Latino Americano, visitó la Comunidad del Eremitorio de Camáldoli, que atravesaban el animo de la pequeña comunidad. Él pidió a la misma que enviase algunos monjes para animar espiritualmente las numerosas colonias de inmigrantes italianos en Rio Grande do Sul. En el día 12 de octubre de aquel año, partieron con él tres monjes.

Ellos iniciaron una aventura de gran intensidad humana y espiritual, sostenida por una fuerte tensión espiritual y por gran solidariedad hacia los pioneros italianos de los cuales se hicieron hermanos y padres en todo y por todo. Como el buen samaritano! Una memoria viva que sorprendentemente perdura hasta hoy, como pude experimentar personalmente en una reciente visita a Caxias do Sul, en 2004. Todo, esto se tornó difícil de comprender a los hermanos de Camáldoli, que estaban sobre todo preocupados en permanecer fieles a sus prácticas cotidianas de vida, inalteradas por siglos y tenidas como inmutables. Así, la gran aventura brasileña fue también un camino señalado por incomprensiones recíprocas y mucho sufrimiento, determinados por un desvelo sincero, pero poco iluminado. La guerra ideológica estaba en casa. Y acompañó el camino de toda una generación.

El penoso vía crucis terminó con una intervención de la autoridad pontificia, solicitada por los monjes residentes en Italia, que determinó que dejase de existir la Fundación brasileña en 1925. Entre tanto, la semilla lanzada en las conciencias de la comunidad, aunque haya tenio que pasar por la muerte, no dejó de producir frutos inesperados a largo plazo. Las preguntas que acompañaron la redescubierta de los textos y el sentido de las tradiciones recibidas de los mayores, cruzaban con la exigencia de responder de modo confiable a los nuevos desafíos que eran colocados por las nuevas condiciones de vida, no solamente en Brasil, mas también en Italia. Perdurando vivas, aquellas preguntas dieron impulso a profundizar culturalmente y espiritualmente los problemas que habían generado .

Se inició un trabajo paciente y fatigante de excavación y de interpretación de las fuentes camaldulenses. La formación de los nuevos miembros tuvo la contribución de personas externas, amigas de la comunidad, sensibles a la espiritualidad monástica y a las nuevas exigencias de la Iglesia y de la sociedad en Italia. Entre estas personas ocupó un lugar de gran relieve D. Giovanni Battista Montini, el futuro Papa Pablo VI. Él se esforzó, desde los años ’30, para proporcionar una buena formación académica y espiritual a los jóvenes monjes y ayudó a la comunidad a abrirse a la acogida de los jóvenes graduados y estudiantes universitarios católicos. Él creía que era importante que estas jóvenes energías intelectuales de la Iglesia católica frecuentaran la comunidad monástica para enraizar la propia formación espiritual en el terreno de la grande tradición de los Padres y en la oración de la Iglesia que los monjes proponían con su ejemplo.

Camáldoli, retomando la tradición de la hospitalidad, también cultural, que la había caracterizado durante siglos, se encontró así contribuyendo para una otra etapa importante de la Iglesia y de la sociedad italiana. En 1943, en plena guerra, un grupo de estos estudiosos católicos, reunidos en la hospedería del monasterio elaboró el así llamado “Código de Camáldoli”, texto que contiene algunas directrices de la futura Constitución italiana.

La presencia de los intelectuales católicos, prolongada por varios decenios, colocó los jóvenes monjes en contacto con las nuevas sensibilidades sociales y con las corrientes innovadoras de la teología católica – especialmente francesa – contribuyendo para aquel nuevo modo de relacionarse de manera dinámica con la propia tradición y el presente que preparó la comunidad, gradual y positivamente, para el magno evento innovador de la Iglesia, que fue el Concilio Vaticano II.

La comunidad no llegó allí sin preparo. El largo debate interno y los momentos dolorosos que lo acompañaron durante toda la década de 1950 habían colocado las premisas para que los horizontes innovadores del Concilio determinasen la pacificación final en la comunidad de Camáldoli y la orientasen para una nueva etapa de su camino. Los líderes que animaron y guiaron esta larga marcha en el desierto fueron, sobre todo, D. Anselmo Giabbani y D. Benedetto Calati, ambos estudiosos de la espiritualidad monástica y Priores Generales entre 1951 y 1987 .
La paz en la comunidad, expresión no de la victoria de un grupo sobre otro, mas de un amplísimo consenso construido a través de la búsqueda común, con paciencia y tenacidad, fue para enteras generaciones de monjes un fuerte desafío antes de llegar a ser un don de Dios que debe ser aprovechado y guardado cuidadosamente.

Hospitalidad recíproca
Estas vicisitudes internas y las experiencias de encuentro con huéspedes cualificados enseñaron a Camáldoli una actitud interior muy importante. El doble confronto con la tradición y el presente, con la vida interna de la comunidad y con la vida de la sociedad, provoca muchas preguntas, hasta mismo inquietantes. Esto hecho requiere que se tengan ojos para ver, oídos para oír y corazón para apreciar. La hospitalidad monástica, antes de ser una actividad de servicio, constituye un modo de ser y de relacionarse con el otro. Nace de la conciencia de que la comunidad es llamada, no solamente a donar, mas también a recibir, pues los dones de Dios son por Él distribuidos con generosidad y sin discriminación de personas. La verdadera hospitalidad es reciprocidad. Cada uno es siempre portador, no solamente de necesidades a ser satisfechas, mas también de dones que pueden ser compartidos en un recíproco enriquecimiento. La misma fatiga del procurar que el monje o la monja experimenta en primera persona, cuando es compartida con humildad, desnuda el monje (la monja) de toda presunción y lo hace compañero (a) de viaje de toda persona que se confronta con el misterio de la propia vida.

En las sociedades secularizadas del norte, marcadas por la desconfianza en toda forma institucional de Iglesia, esta actitud de atención para con el otro y de participación es fundamental para construir puentes de comunicación con la búsqueda religiosa y relaciones de paz. San Benito nos recuerda que en el peregrino y en el huésped cualquier que sea su origen y la hora en la cual se presenta, es Cristo mismo que pide acogida (RB 53).

Quizás sea por esto que tantas personas hoy procuran casi instintivamente en los monasterios un espacio de acogimiento y de compartir para su camino de profundizacion de la fé o de retomada espiritual.

Operadores de paz en diálogo
Diálogo ecuménico, diálogo interreligioso, diálogo con los no-creyentes. Han entrado con pleno derecho entre los elementos primarios que deben caracterizar la formación y la espiritualidad del monje camaldulense y el estilo de vida de la comunidad. Las nuevas Constituciones los indican entre las modalidades primarias a través de las cuales la comunidad monástica participa eficazmente en la misión apostólica de la Iglesia con su misma existencia centrada en Cristo e iluminada por Su Espíritu . El propio Pontífice Juan Pablo II, en la ocasión de su visita pastoral a la comunidad de Camáldoli, realizada en el día 13 de septiembre de 1993, retomó esta línea recomendándola como uno de los elementos que deben caracterizar al monje camaldulense en su camino con la Iglesia, hoy.

De hecho, la sensibilidad ecuménica y el diálogo con otras confesiones cristianas fué iniciado en Camáldoli en 1968, gracias a la contribución de una asociación de laicos llamada “Secretariado para actividades ecuménicas”, nacido en Venecia en los años 50, durante el ministerio del Patriarca Giuseppe Roncalli, el futuro Papa Juan XXIII. Particularmente interesante fué el desarrollo de tal orientación en las dos comunidades de los Estados Unidos que estrecharon relaciones de intensa colaboración con una congregación monástica anglicana – Congregatio of Holy Cross – y abrieron la eremita californiana para una acogida fraterna a muchos no católicos.

Un ministerio ecuménico muy delicado está llevando a cabo el hermano chino, D. Joseph Wong, monje en la comunidad de New Camáldoli (EUA). Durante sus períodos de permanencia en la República Popular de China, enseñó teología y espiritualidad monástica en varios seminarios de la Iglesia oficial, contribuyendo a su reaproximación con la Santa Sede. Hace parte de la “China Commission” de la Confederación Benedictina. Recientemente fue enviado por el abad de St. Ottilien (Alemania), Padre Jeremías Schroeder, para colaborar en una iniciativa muy especial que tiende a promover la formación monástica de potenciales miembros de una futura comunidad benedictina en China. Juntamente con los hermanos de New Camáldoli y de Camáldoli, fundó en California “The Camaldolese Institute of East-West dialog - Instituto camaldulense para el diálogo oriente-occidente. El diálogo interreligioso tuvo desarrollos significativos. En Camáldoli mismo, la experiencia más significativa es conocida por el diálogo entre hebreos y cristianos. Iniciado en el monasterio, en 1979, hoy posee el reconocimiento y la sostenimiento por parte de la Santa Sede y de la Conferencia Episcopal Italiana y ha suscitado grupos de “Amistad hebraico-cristiana” en varias ciudades italianas. La trágica historia de las relaciones entre cristianos y hebreos, a lo largo de los siglos, tornada aun más dramática con el holocausto organizado por los nazistas durante la última guerra mundial, sugirió que este diálogo fuese dirigido, sobre todo, en establecer una sincera amistad entre los participantes. Fueron necesarios años. Esto permitió pasar al redescubrimiento del inmenso patrimonio que une a la Iglesia y a Israel y a tantos elementos que la tradición espiritual de los padres y aquella monástica heredaron de la espiritualidad de Israel.

Gracias a este método y a este camino, se puede pasar sucesivamente al examen apasionado, mas sereno, de los aspectos que diferenciaron la experiencia y el mensaje de Jesús y de la Iglesia a respecto del judaísmo de la diáspora. En fin, llegaron a la mesa de proposiciones también las problemáticas conexas con el hebraísmo moderno y el Estado de Israel. Don Innocenzo Gargano juntamente con la profesora Lea Sestieri, hebrea, residente en Roma, fueron los principales artífices de este perseverante y fructífero camino.
Un fruto muy precioso de este trayecto por etapas, fué la reciente abertura del diálogo hebraico-cristiano con el tercer interlocutor de la familia de Abraham, el Islam. Así, en los últimos cinco años el diálogo se ha tornado hebraico-cristiano-musulmán. Es posible imaginar facilmente cuanto que todo esto contribuye, en su pequeñez, a formar hombres y mujeres apasionados por la paz y, por lo tanto, determinados a hacerse operadores de la paz en el contexto fuertemente conflictivo de nuestro tiempo.

El Ashram de Shantivanam (India), fundado en los años ’50 y animado sucesivamente por tres grandes pioneros del diálogo interreligioso y de la inculturación del monaquismo benedictino en India, Padre Jules Monchanin (+1957), Padre Henry Le Saux (+1968), Padre Bede Griffths (+1994), desarrollo por más de 50 años un papel de significativa relevancia, al menos en el ámbito simbólico, para una fecunda relación de experiencias entre el monaquismo benedictino y la espiritualidad de las grandes tradiciones religiosas de la India. Padre Bede Griffiths, en 1981, pide la agregación del Ashram a la comunidad de Camáldoli. Pensaba que era importante que una experiencia tan innovadora estuviera coligada a una tradición antigua y al mismo tiempo abierta a la vida comunitaria, a la soledad y al testimonio de acogimiento.

En Italia logró una forma regular, hace más de 10 años, en el pequeña eremita de Monte Giove, un inédito diálogo con los no-creyentes y con personas que ha tiempo habían dejado la práctica de la vida eclesial. La carismática personalidad de Don Benedicto Calati fué el elemento catalizador que ha suscitado este especial diálogo. Expresión típica de la sociedad secularizada, estas personas encuentran en el ambiente monástico y en sus valores esenciales y simples, al mismo tiempo, una nueva oportunidad para reabrir una búsqueda espiritual sincera y a veces dramática.

La relación con estas personas es sorprendente y estimulante. Es sorprendente como sienten el llamado de los grandes temas de la espiritualidad monástica, de su relativo distanciamiento de las pesadas estructuras jurídicas de la Iglesia, de su dinámica de fraternidad que se hace acogida y participación en la fatiga del vivir de cada hombre y de cada mujer. Al mismo tiempo, estas personas muestran gran capacidad de actualizar aquellos mismos valores para sus vidas y para la sociedad de hoy. Este diálogo impulsa a la comunidad monástica a no vivir mirando hacia el pasado cerrada en si misma, mas a radicarse en el hoy de Dios con sus incógnitas y con sus promesas de presencia infalible hasta su retorno glorioso.

Caminar juntos con caras conocidas y desconocidas , escuchando el calor que la voz secreta del Espíritu enciende en el corazón de cada uno, puede conducirnos a la revelación sorprendente del rostro de Cristo al caer de la tarde de Emaús:
Quédate con nosotros, porque es tarde y el día ha declinado ya.
(Lc 24,29).

D. Emanuele Bargellini, OSB
Mosteiro da Transfiguração
Mogi das Cruzes – São Paulo, Brasil


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