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X EMLA - Palestras

Visión De La Paz En La Regla De San Benito

Introducción

Con nuestra conferencia se dá inicio a nuestros estudios del X Encuentro Monástico de América Latina, que tiene por tema general: La Paz benedictina, don y desafío en el contexto de América Latina.

Pienso que se podrían iniciar estas reflexiones sobre “la paz”, afirmando que quizás en tiempo algún tanto se ha escrito y hablado sobre la paz, como en nuestros días. Y todavía se puede decir con Jeremías: Paz, Paz, cuando non hay paz (6,14).

Hablar de paz en los días de hoy, marcados cada vez más por la continuación de numerosas guerras regionales supuestamente justificadas por exigencias de reprimir, eliminar o pacificar las luchas y actividades terroristas, cada vez más violentas, inclusive entre nosotros, puede parecer una paradoja o un desafío terrible.

Por otro lado, es justamente en estos momentos en que los hombres y las mismas naciones parecen hallarse cada vez más dominados por los instintos de la violencia, de la necesidad de venganza y las represalias, es que se siente cada vez más fuértemente la necesidad de recordar los solemnes compromisos para la búsqueda de la paz mundial; compromisos éstos asumidos por casi todas las naciones, por ocasión de la creación de la Organización de las Naciones Unidas. Hubo casi unanimidad en el querer realizar la paz, esto era fruto de las terribles experiencias de los años de la guerra mundial del 39 al 45. El recuerdo de este pasado catastrófico y la angustiante posibilidad de un futuro a un más amedrentador en sus conflictos, que torna urgente proseguir, a través de todos los medios posibles, a hablar y a buscar la realización de la Paz.

La ONU, dentro de su fragilidad, ha buscado, de muchas maneras, ser fiel a su responsabilidad por la paz en el mundo. A través de su Consejo de Seguridad, recuerda insistentemente y exige el cumplimiento de los compromisos asumidos, buscando los acuerdos y tratados efectivos por la Paz o condenando acciones bélicas injustas.

Todavía, estos esfuérzos han perdido mucho de su eficacia en consecuencia de la desobediencia y desacato a los compromisos, no pocas veces menospreciados.

Es simplemente terrible el ejemplo de las naciones que se presentan como herederas de tradiciones cristianas, y que osaron despreciar y desobedecer las resoluciones más solemnes del Consejo de Seguridad; llevadas por intereses de un nacionalismo egoísta o aún por disfrazada búsqueda de sus intereses económicos y de las riquezas naturales de países pobres o emergentes.

Dentro de este contexto histórico, que se extiende ya por varias décadas, la Santa Sede, sobre todo por la voz de los Papas, se hace presente y continúa insistiendo en la necesidad de reconocer que solamente la Paz entre las naciones podrá evitar las terribles consecuencias de nuevos conflictos generalizados. En este sentido, los últimos Papas, desde Pablo VI, continúan conmemorando el día 1º de enero: Día Universal de oraciones e manifestaciones por la Paz.

Recordando ahora el tema de nuestra Conferencia, puede parecer que hablar de Paz desde la Regla de San Benito y en ella buscando los fundamentos de una doctrina, o por lo menos de una experiencia de la Paz; vivida por el santo Legislador en su comunidad de monjes, dentro de la situación del mundo actual en que vivimos – repetimos – esto puede parecer una mera actividad literaria o un esfuérzo aún bastante ingenuo.

En esta época de terribles recelos, de conflictos y guerras futuras, es que innúmeras voces, tanto de la autoridad de la Iglesia, cuanto de competentes profesores y técnicos de las ciencias históricas y sociales, están insistiendo acerca de la gran e importante presencia de la tradición evangelizadora y cultural benedictina en Europa. Importancia esta no sólo referente a los testimonios de una rica historia pasada, desde el inicio del Medioevo, mas también, y sobre todo, de una actual presencia de las mismas comunidades monásticas benedictinas, como fuéntes de una verdadera cultura de la Paz.

Tales afirmaciones pueden parecer extrañas y aún poco aceptables para aquellos que, conociendo poco la vida benedictina, consideran sus comunidades y su forma de vida como ejemplos de actitudes alienadas y ultrapasadas delante de las urgencias pastorales y de los valores de un Cristianismo comprometido con el mundo de hoy.

Ante de estos múltiples testimonios, tanto los positivos como también los negativos, es que nos ha parecido oportuno, en nuestra labor sobre la Paz, en la Regla de San Benito, no encaminar nuestra pesquisa primeramente hasta el texto de la misma Regla, pero sí hasta un análisis de algunos textos testimoniales, en los cuales se podrán identificar los elementos, características y valores de aquella mencionada tradición benedictina apuntada como causa de una verdadera e influyente cultura de la Paz, en la historia de los diversos países de Europa.

Y como esta misma cultura benedictina de Paz es mencionada como un valor indispensable en los tiempos de hoy, cabe a nosotros, monjas y monjes benedictinos, interrogarnos si estamos en verdad conscientes de la responsabilidad que pesa sobre nosotros y si, de hecho, aceptamos los elogios que nos son dirigidos.

Responsabilidad, primeramente, porque somos vistos, hoy, como herederos y portadores, por así decir, oficiales, de las riquezas presentes en la Regla y en la vida de ella decurrente, consideradas como fuénte de una verdadera cultura de Paz. ¿Estamos realmente convencidos de esta, nuestra identidad? Y podemos aún acrecentar: ¿convencidos también de ser nuestra Regla la fuénte de esta cultura de Paz?

En segundo hogar, ¿también nos sentimos responsables por ser invitados a vivir esta misma tradición benedictina y ser de hecho, verdaderos “constructores de la Paz”, pudiendo utilizar, con más autenticidad, el dístico de la “PAX”, tan frecuente en los hogares de nuestros monasterios?

Algunos textos testimoniales sobre la acción benedictina evangelizadora y constructora de la Paz.

1. Puebla.
Un testimonio de los Obispos de América Latina.
Nuestro primer texto-testimonio no sea directamente del Papa, para nosotros de América Latina, él representa una de las más significativas orientaciones eclesiásticas, con la aprobación del recién elegido Juan Pablo II, y podemos decir, a la sombra del Documento base de toda evangelización de la Iglesia, la Exhortación Evangelii Nuntiandi del Papa Pablo VI.
Esto texto, quizá recordado por pocos, manifiesta el valor fundamental y prioritario de la vida de una comunidad como verdadera acción evangelizadora. Refiriéndose a la necesidad de los modelos en la pedagogía de la encarnación, se refiere entonces, en la nota 101, a la excepcional importancia, por la vida social en el Medioevo, de las comunidades monásticas fundadas por San Benito. El texto de Puebla dice así:
“La Iglesia evangeliza, primeramente, mediante el testimonio global de su vida. Así, en la fidelidad a su condición de sacramento, trata de ser más y más una señal transparente o modelo vivo de la comunión de amor en Cristo que anuncia y se esfuérza por realizar. La pedagogía de la encarnación nos enseña que los hombres necesitan de modelos preclaros que los dirijan”.
(Nota 101):
“Se dice que el hecho de mayor importancia política del Medioevo fué la fundación de los monjes benedictinos, porque su forma de vida de comunidad se ha trasformado en el gran modelo de organización social de la Europa naciente”.
Cada comunidad eclesial se debería esforzar por constituir para el Continente un ejemplo del modo de convivencia donde se logran unir la libertad y la solidariedad, donde la autoridad se ejercía con el espíritu del Bueno Pastor, donde se viva una actitud diferente delante de la riqueza, donde se ensayen formas de organización y estructuras de participación, capaces de abrir camino hacia un tipo más humano de sociedad, y, sobre todo donde, inequívocamente se manifieste que sin una radical comunión con Dios en Jesucristo, cualquier otra forma de comunión puramente humana acaba volviéndose incapaz de sustentarse y termina fatalmente volviéndose contra el propio hombre.

2. Testimonio reciente de Benito XVI
a)Primera audiencia general de Benito XVI, después de su elección a 27 de abril 2005.
Aunque no se refiera propiamente a la obra de la paz, ya en esta primera alocución a los fieles reunidos para el “Angelus”, el nuevo Papa explica la razón por la cual eligió el nombre de su patrono, refriéndose a su influencia en la obra civilizadora en muchos países de Europa.
“Quise llamarme Benito XVI para unirme idealmente con el venerado pontífice Benito XV, que guió la Iglesia en un período difícil por ocasión del primer conflicto mundial. Fué auténtico profeta de paz y trabajó con gran valentía para evitar el drama de la guerra y después, para limitar sus nefastas consecuencias. Siguiendo sus marcas, deseo colocar mi ministerio al servicio de la reconciliación y de la armonía entre los hombres y los pueblos, con el profundo convencimiento de que el gran bien de la paz es sobre todo un don de Dios, frágil y precioso, que tenemos que implorar, defender y construir todos los días con la colaboración de todos.
El noble Benito evoca, también la extraordinaria figura del grande “patriarca del monaquismo occidental”, San Benito de Nursia, patrono de Europa junto con los santos Cirilo y Metódio. La progresiva expansión de la Orden benedictina por él fundada ejerció un influjo enorme en la difusión del cristianismo en todo el continente. Por esto, San Benito es sumamente venerado en Alemania y, en particular, en Baviera, mi tierra de origen; constituye un ponto fundamental de referencia para la unidad de Europa y un fuérte recuerdo de las irrenunciables raíces cristianas de su cultura y de su civilización.
De este padre del monaquismo occidental conocemos el consejo dejado a los monjes en su “Regla”: No anteponer nada al amor de Cristo (RB 4). Al iniciar mi servicio como sucesor de Pedro, pido a San Benito que nos ayude a mantener con firmeza a Cristo en el centro de nuestra existencia. Que en nuestros pensamientos y en todas nuestras actividades siempre esté Él en primero lugar!”
b) El mensaje de Paz para el Día 1º de enero 2006.
Esos mismos motivos son nuevamente mencionados en el importante documento de Benito XVI, en su mensaje de Paz, donde acrecentó una explícita mención de San Benito como “Patrono de Europa e inspirador de una civilización pacificadora.
“Es en la saga de tan noble enseñanza (de sus antecesores) que se sitúa mi primer mensaje para el Día Mundial de la Paz: a través de él, deseo una vez más, reiterar la firme voluntad de la Santa Sede de continuar a servir la causa de la paz.
El nombre mismo de Benedictus, que adopté el día en que fui elegido para la Cátedra de Pedro, quiere indicar mi firme decisión de trabajar por la Paz. En efecto, con él, he querido hacer referencia, tanto al Santo Patrono de Europa, inspirador de una civilización pacificadora de todo el Continente, como al Papa Benedictus XV, que condenó la I Guerra Mundial como una “matanza inútil” y se esforzó para que todos reconocieran las razones superiores de la paz”.
Mencionando San Benito como inspirador de una civilización pacificadora, y refriéndose al Papa Benito XV, tal vez el Papa actual, Benito XVI desconociese las palabras con las que el propio Benito XV explicaba, por su vez, de modo bastante semejante, por que motivo eligiera San Benito como patrono de su pontificado.
En 1914, tuvo inicio la entonces llamada “Gran Guerra”. El 21 de septiembre del mismo año, al recibir en audiencia al Abad Primado, Don Fidelis von Stotzingern, Benito XV le dice:
“Con la guerra que acaba de iniciarse, está empezando un tiempo nuevo. El mundo en que nacemos está por terminar. Vendrá un nuevo y total reajuste político, económico, filosófico. Una ruptura análoga a aquélla de la época de San Benito, en la cual, de la ruina del mundo antiguo nació el Medioevo cristiano. Por esta razón, en el oficio de Papa, he adoptado el nombre de Benito para poder orientar el nuevo tiempo que se inicia, del mismo modo que San Benito orientó hasta Dios los albores del Medioevo(*)
No deja de ser bastante significativa esta coincidencia entre los dos últimos Papas con el nombre de San Benito, que justificaron con palabras bastante semejantes la elección del mismo Patrono para sus pontificados.

3. El extraordinario testimonio de Pablo VI
Si las palabras de Benito XVI ya fuéro tan significativas para el reconocimiento de San Benito como inspirador de la Paz en el continente europeo, con mayor claridad y, podríamos decir, con admiración y profundidad, encontramos las mismas afirmaciones en diversos documentos de Papa Paulo VI. De entre esos, escogeremos tres que juzgamos serán bastantes significativos

a) Pablo VI - 1o. Documento - Discurso después de la Consagración de la Basílica de Monte Casino el día 24 de octubre de 1964. Así se expresaba el Papa Pablo VI, uniendo de modo tan bello la figura de San Benito al tema de la Paz:
¡Qué saludo darles sino el acostumbrado en la piedad cristiana, el que parece tener aquí su expresión más verdadera y familiar: “Paz a esta casa y a todos los que en ella habitan”
Aquí encontramos la paz como optimo dom de nuestro ministerio apostólico. Aquí celebramos la paz, como luz que ha reaparecido, tras el torbellino de la guerra, que había extinguido su llama piadosa y benéfica.
Paz a vosotros, hijos de san Benito, que hacéis de tan elevado y suave nombre el emblema de vuestros monasterios, la escribís sobre las paredes de vuestras celdas y a lo largo de los muros de vuestros claustros, y sobre todo, la imprimís como ley suave y fuérte en vuestro espíritu y la dejáis transpirar como sublime estilo espiritual en la elegante gravedad de vuestros gestos y de vuestras personas.
“Bienaventurados los pacíficos, dice Cristo, Señor nuestro, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9).
De esta forma celebramos lapaz. Queremos simbólicamente señalar aqui el epílogo de la guerra. Quiera Dios que sea de todas las guerras. Queremos convertir aquí “las espadas en picos y las lanzas en hoces” (Is 2,4), es decir, las inmensas energías empleadas por las armas en matar y destruir, en volver a vivificar y reconstruir. Y para llegar a tanto queremos regenerar aquí en el perdón la hermandad de todos los hombres, abdicar aquí la mentalidad que con el odio, el orgullo y la envidia prepara la guerra y sustituirla por el propósito y la esperanza de la concordia y de la colaboración. Desposar aquí a la paz cristiana con la libertad y el amor. Que la antorcha de la fraternidad tenga siempre en Monte Casino su llama mas piedosa y ardiente.

Vida monástica y mundo moderno
Y ahora, hermanos e hijos, nuestro discurso quisiera ser una apología del ideal benedictino. Pero suponemos que cuantos nos rodean ya están informados de la sabiduría que anima la vida benedictina, y que aquellos que la profesan conocen a fondo sus íntimas riquezas, y con ellas nutren sus severas y gentiles virtudes. Nos mismo las hemos hecho objeto de largas reflexiones; pero nos parecería superfluo y casi presuntuoso traducirlas ahora en palabras. Descubran otros el encantador secreto de este género de vida que todavía vive y florece aquí.
Nos es dado ahora ser portadores de otro testimonio, que non se refiere a la índole de la vida monástica; lo expresamos con un sencillo enunciado: la Iglesia tiene necesidad hoy también de esta forma de vida religiosa; el mundo de hoy también tiene necesidad de ella. Nos abstenemos de aportar las pruebas que por lo demás, todos las ven surgir de nuestra sola afirmación: Sí, la Iglesia y el mundo por diferentes pero convergentes razones, necesitan que San Benito salga de la comunidad eclesial y social y se circunde de su recinto de soledad y silencio, y desde allí nos haga oir el encantador acento de su pacífica y absorta prece, desde allí nos acaricie y nos llame a sus claustros, para ofrecernos el cuadro de una oficina “del servicio divino”, de una pequeña sociedad ideal, donde finalmente reina el amor, la obediencia, la inocencia, la libertad de las cosas y el arte de su buen uso, la superioridad del espíritu, la paz. En una palabra, el Evangelio.
Que san Benito vuelva para ayudarnos a recuperar la vida personal; esa vida personal por la que hoy sentimos deseo y afán y que el progeso de la vida moderna, a la que se debe el deseo exagerado de ser nosotros mismos, lo sofoca en tanto que lo despierta, lo decepciona en quanto lo torna consciente.
Esta sede de verdadera vidapersonal presta actualidad al ideal monástico

La recuperación del Hombre
Hoy, la carencia de la convivencia social no impulsiona al mismo refugio, mas a la exuberancia. La excitación, el barullo, la ansiedad, la exterioridad, la multitud amenazan la interioridad del hombre. Le falta el silencio, le falta la paz, le falta él mismo. Para recuperar el dominio y el gozo espiritual de si mismo, él tiene necesidad de retornar al claustro benedictino.
Y, el hombre, recuperado para sí mismo pela disciplina monástica, es recuperado para la Iglesia. El monje tiene un puesto de privilegio en el Cuerpo Místico de Cristo, una función tanto más providencial y urgente.
No diremos ahora nada de la función que el monje, el hombre que se ha reencontrado a sí mismo, puede tener no sólo con relación a la Iglesia, como decíamos, sino también con respecto al mundo; al mismo mundo que él ha dejado, y al que permanece unido en virtud de nuevas relaciones, que su propio alejamiento viene a crear en él: oposición, estupor, ejemplo, posible confidencia y diálogo secreto, fraternal complementariedad. Digamos solamente que esta complementariedad existe y asume una importancia mucho mayor cuanto más grande es la necesidad que el mundo tiene de los valores conservados en el monasterio; y los tiene no como si se los hubieran arrebatado, sino como si se los conservaran para él, y para él se los presentaran y se los ofrecieran.

Fé y unidad
Vosotros, los benedictinos, lo sabéis por vuestra propia historia especialmente, y el mundo lo sabrá cuando recuerde lo que os debe y lo que todavía puede conseguir de vosotros. El hecho es tan grande e importante que toca la existencia y consistencia de nuestra antigua y siempre viva sociedad, aunque hoy tan necesitada de extraer savia nueva de las raíces donde encontró su vigor y esplendor, las raíces cristianas que San Benito en gran parte le proporcionó y alimentó con su espíritu. Es un hecho tan hermoso que merece memoria, culto y confianza. No es porque se tenga que pensar en un Medioevo caracterizado por la actividad dominante de la abadía benedictina.
En el presente es bien diferente el aspecto que le dan a nuestra sociedad sus centros culturales, industriales, sociales y deportivos. Existen dos motivos que hacen desear, todavia hoy la austera y delicada presencia de san Benito entre nosotros:

  • La fé que él y su Orden predicaron en la familia de los pueblos, especialmente en la llamada Europa; la fé cristiana, la religión de nuestra civilización, la de la Santa Iglesia, Madre e Maestra de las naciones.
  • La unidad, en la que el gran monje solitario y social nos educó hermanos, y por la cual Europa se tornó cristiana.
Fé y unidad
¿Qué cosa mejor podemos pedir, desear e implorar para el mundo entero, y de modo particular para la selecta porción, que, repetimos, se llama Europa? ¿Qué cosa más moderna y más urgente? Y ¿qué cosa más difícil y opuesta? ¿Qué cosa más necesaria y más útil para la paz?
Para que a los hombres de hoy, a aquellos que pueden actuar y a aquellos que sólo pueden desear les sea tan intangible y sagrado el ideal de la unidad espiritual de Europa, y no les falte el auxilio de lo alto para realizarlo, en organizaciones prácticas y oportunas, para tal objetivo, quisimos proclamar a San Benito patrono y protector de Europa.

b) Pablo VI 2° Documento
No podríamos dejar de presentar ahora algunos parágrafos del documento de Papa Paulo VI, el muy bello texto de la Carta Apostólica declarando San Benito Patrono Principal de Europa.
“Con mucha razón se alaba a san Benito como misionero de la paz, formador de la unidad, maestro de la cultura, y principalmente gran promotor de la vida cristiana y organizador de la vida monástica occidental.
En tiempos en que el Imperio Romano se precipitaba a su ruina, desgastado por su envejecimiento, cuando algunas naciones de Europa andaban todavía envueltas en tinieblas, mientras otras gozaban de una situación más privilegiada, asi como de los bienes espirituales, el santo con el ingente esfuérzo de su incansable virtud, logró que brillase una nueva aurora en el mismo continente.
Sirviéndose de la cruz, de los escritos y del arado, y especialmente por sí mismo y por sus hijos trajo la civilización cristiana a los pueblos que habitaban desde el mar Mediterráneo hasta las regiones escandinavas y desde Irlanda hasta las tierras de Polonia.
Por medio de la cruz, esto es, por la ley de Jesucristo reafirmó y aumentó las buenas costumbres en la vida pública y privada. És oportuno recordar que mediante la “Obra de Dios”, esto es, por su manera personal y asidua de rezar, enseñó que el culto divino era de suma importancia en la sociedad humana. De ese modo formó la unidad espiritual de Europa por la cual creó el sentimiento de un único Pueblo de Dios en naciones diferentes por su lengua, por su raza y por su propia manera de ser.
Esta unidad con el decidido apoyo de los monjes, discípulos de la escuela de tan gran Padre, se convirtió en la característica propia de lo que hoy llamamos “Edad Media”. Unidad que como dice San Agustín es “el alma de toda la belleza”, y que desgarrada más tarde por las vicisitudes de los tiempos, se esfuérzan por restituir nuevamente en nuestros días cuantos están dotados de buena voluntad.

c) Pablo VI - 3° Documento
Alocución de Pablo VI a los Abajes
de la Confederación Benedictina –1966 “Misión apostólica de la oración y la vida ascética” En verdad, de este modo, con razón se reconoce que vuestra misión apostólica no nace únicamente de algunas de las obras más propias de vuestra vocación, mas que se refieren al servicio pastoral o a la cultura. Plácenos recordar aquí de modo especial el lema tan extraordinario “Ora et labora” de los monjes benedictinos, así como los colegios y las misiones confiados a vuestra dirección. Vuestra misión apostólica nace sobre todo de aquellas otras por las que única y primordialmente vosotros os consagráis a la oración y a la práctica de la vida ascética.

Realmente, en un mundo como el nuestro, que desconoce a Dios, que está separado de Dios, que desprecia a Dios o que llega a negar su existencia, vosotros, viviendo en la osbcuridad una vida llena de paz, permanecéis firmes en vuestros monasterios, llenos de austeridad por un lado y por otro por vuestra urbanidad, atrayendo así a los hombres como por una especie de sagrada y oculta fascinación.

Os apoyáis en vuestra Regla, que tiene estas palabras: “Creemos que Dios está presente en todas partes”*. Y así vuestra presencia viene a ser como un signo indicador de la presencia de Dios entre los hombres.

Cantáis vosotros, ¿quién os escucha? Celebráis los ritos sagrados, ¿quién os dirige su atención? Parece que no sois bien comprendidos ni estimados por los hombres y que la soledad de vuestra vida causa depresión.

Pero no es así. Hay quien sí se da cuenta que vosotros habéis encendido un fuégo. Hay quien comprende que de vuestros claustros se irradia luz y calor. Hay quien se detiene, mira y medita. Vosotros dirigís para lo alto el pensamiento de los hombres de este tiempo. Vosotros los introducís, por una iniciación, en la practica de la meditación, que con frecuentemete los lleva a la salvación o a recuperar nuevas fuérzas.

No obstante, tudo isso lo podreis únicamente hacer con una única condición, a saber: que vuestra vida, en cuanto vida monástica, sea perfecta en todos sus aspectos. Perfecta en el modo de vivirla según determina, con prudentemente, vuestra antigua Regla delineada por San Benito. Perfecta por la presencia de las virtudes morales y especialmente aquella de la gravedad perfecta en la bondad del ánimo (como en el P. Herwegen); perfecta en la bondad de ánimo (como o fué P. Riyeland), nota esa que parece ser la característica de vuestro Legislador, austero y al mismo tiempo humano; perfecta sobre todo en cultivar la piedad religiosa (como en el P. Marmion) que tanto repetía preferir el amor de Cristo a cualquier otra cosa, como está escrito además, en vuestra Regla: “No anteponer nada al amor de Cristo” (RB 4). Finalmente, perfecta en vuestra fidelidad a la santa Iglesia (tal como vivía el muy amado cardenal Schuster).

4º. Texto-testimonio:
Después de los textos-testimonios de los últimos Papas, no podríamos dejar de citar todavia un testimonio de un laico historiador, fundador de una pequeña comunidad de jóvenes cristianos idealistas que se ha reunido para procurar vivir el Evangelio con autenticidad y discerniendo juntos prioridades del Reino en la comunidad eclesial en los tiempos actuales. Hoy esta Comunidad se encuentra presente en centenas de países de todo el mundo y con millares de participantes. Son convocados por los propios Gobiernos para serien instrumentos de diálogo y realizadores de la Paz entre naciones y entre grupos o facciones en luchas ideológicas o guerras civiles.

Andréa Riccardi, de la Comunidad de San Egídio (Roma), así comenta la elección del patrocinio de San Benito (L’Osservatore Romano, 30/04/05, o Presencia de Singeverga, n. 71, p.6-8):

» El nombre de Benito no deja de remitir, ante todo, al gran regulador del monaquismo occidental, personaje de contornos históricos desvanecidos, mas gran referencia para el monaquismo, para la historia de la Iglesia y de la civilización europea. En tiempos de grandes crisis (las invasiones bárbaras de las cuales habla Gregorio Magno, biógrafo de Benito), los hijos y hijas de este Santo constituyeron comunidades cristianas que llevaron a serio el Evangelio y su radicalidad y tenían el corazón en la liturgia. El movimiento benedictino realizó un movimiento de comunidades cristianas que eran auténticas y que por esta razón se volvieron islas de humanidad en un mundo difícil, al cual humanizaron, y crearon una comunión profunda, desde la fé, entre los diferentes pueblos europeos.
» El nombre de Benito en la historia de Europa y de la Iglesia muestra la profundidad del rasgo impreso en la historia de un auténtico cristianismo vivido, no sin consecuencias para la sociedad; antes, cristianismo que fué creador de cultura y civilización. El Santo de Nurcia, “concientemente ignorante y sabiamente inculto”, según Gregorio Magno, representó la referencia para el proceso de elaboración de la Regula Benedicti, el texto normativo, permeado por la Sagrada Escritura, experiencia y sabiduría monástica que formó auténticas comunidades de monjes a lo largo de los siglos. Fué “el fuértísimo género de los cenobitas” – como dice la Regla en el primer capítulo – que, siendo cristianos y monjes, han construído un eje decisivo para Europa. Han sido esos “grandes creyentes que nacieron de una comunidad pequeña o grande, pero que tiene su fuénte en la liturgia así Benito como Abrahán, se ha tornado padre de muchos pueblos - dice recientemente el Cardenal Ratzinger.

Conclusión:
Esta sintiese de algunos textos de los Papas que más claramente se ha referido a la Paz de San Benito, siempre presente en los monasterios benedictinos, aunque sea de veras objetiva y comprobada de una verdadera tradición de Paz del monaquismo benedictino, no coloca uno punto final, al contrario, ella misma trae consigo una exigente interrogación para nosotros los benedictinos de hoy. Pienso aún que serán dos las interrogaciones a las que deberemos esforzarnos por responder.
Primeramente, así somos cuestionados:
Si creemos ser verdaderas tantas y tan bellas declaraciones de nuestros Pastores, ¿Podemos estar realmente seguros de que todos nosotros, monjas y monjes benedictinos de hoy, estamos siendo fieles a esta misión de evangelización de la Paz, que tanto se espera de nosotros, en todas las formas del nuestro modo actual de vivir monástico?

La segunda interrogación, íntimamente relacionada con la primera, así pude ser explicitada: Considerando nuestra propia experiencia personal y comunitaria, vivida concretamente en nuestros monasterios, ¿bajo cuáles criterios, o bajo cuáles valores podremos nosotros apoyarnos para llegar a un discernimiento que nos permita juzgar si realmente nuestras comunidades continúan siendo una Escuela del Servicio del Señor, y por tanto, formadoras de mensajeros de la Paz de Cristo?

La búsqueda de respuestas a nuestra primer interrogación nos forzará, sin duda, a aprofundar el significado, sentido, y si así podemos decir, la identidad de esta verdadera Paz que los Papas esperan de nosotros. Si nosotros mismos no estamos seguros sobre la realidad de aquella Paz que San Benito desea que éste presente en la comunidad, diciendo, por ejemplo: “...y así, todos estarán en paz” (RB 34,5); o mejor aún, cuando se refiere a la vocación del monje como aquél que busca la paz:

“El Señor, buscando un obrero entre la multitud, todavía insiste: ‘¿Quién es el hombre que quiere la vida y desea gozar días felices?’ (Sl 33,12). Si tú, oyéndolo, respondes: ‘Yo’, el Señor te dice: ‘Si quieres poseer la vida verdadera y eterna, guarda tu lengua del mal, tus labios de palabras engañosas; apártate del mal y haz el bien, busca la paz y corre tras ella”(Sl 33,14.15).

¿Cómo podemos trabajar y esforzarnos para que pudiésemos juntos construir y vivir esta Paz benedictina?

Además de esto, se hablamos de Paz benedictina, Paz de San Benito, ¿no deberíamos buscar primeramente cuál es el significado y el contenido propio de la Paz que Cristo vino atraer al mundo, llevando a su perfección el “Shalon” de A.T.?

Pensamos que no se trata de presentar aquí una exposición bíblica exegética del concepto de la Paz. Innombrables Diccionarios y Vocabularios bíblicos ya lo han hecho. Pensamos ser más condicientes con nuestra exposición y recordar simplemente algunos de los trazos más importantes de la experiencia de la revelación progresiva de la Paz, dentro de la historia del propio Pueblo de Dios en el A.T.

Raíces bíblicas de la Paz
Habiendo recogido tantos y tan significativos testimonios sobre la realidad histórica de la acción evangelizadora de Benito, a través de sus hijos e hijas, educados por su Regla y por la propia experiencia monástica transmitida a través de los siglos, somos conducidos a reconocer que la Paz es, a la vez, fruto y causa de esa acción evangelizadora. Esta paz puede ser llamada de “benedictina”, una vez que aparece en la Regla de nuestro santo Padre como misterio, es decir, don de amor del Padre y realización en Cristo de aquella otra paz que es fruto de la acción de los hombres y parte integrante de sus esperanzas hacia la construcción de cualquier sociedad humana ideal.

La pax benedictina, que es la paz de Cristo, ante que proyecto y “praxis” de una acción humana, por más necesaria que ella sea, es don de Dios, es fruto del amor de la Alianza como respuesta de Dios al grito de un pueblo sufridor y esclavo.

Se puede decir que todo el AT nos revela la profundidad de este grito que brota de los labios y del corazón de los hombres. Todos la buscan, aunque ignorando cual sea la paz verdadera, pues son numerosos los falsos profetas, los que anuncian caminos mentirosos para un falsa paz.
Mas, la esperanza que nace en el corazón del primer hombre pecador al oír la promesa de una futura pacificación, permanece cada vez más fuérte, al paso que la misericordia de Dios la va renovando con nuevos y misteriosas promesas.

Con el transcurrir de los tiempos y a través de los meandros misteriosos de la historia, un pueblo, casi perdido en medio a una naturaleza violenta, y terribles agresiones de sus vecinos, va tomando lentamente conciencia de haber sido llamado, escogido por su Dios para ser objeto de sus favores, de una vida sin privaciones, sin injusticias, e sobre todo sin guerras.

Este futuro de tranquilidad que va a ser deseado como “paz”, va siendo esperado como obra de un enviado santo de Dios, el verdadero Pacificador y por esto mismo, el Esperado. El ansia por esa paz así prometida ha suscitado entonces la esperanza firme y segura por una paz definitiva: la Paz mesiánica (Ez 34,25-26): 25 “Yo concluiré con ellos un tratado de Paz; suprimiré las fieras de su tierra, de suerte que puedan habitar el desierto con seguridad y dormir en los bosques. 26 Haré de ellos y de las inmediaciones de mi colina una bendición; haré caer lluvia en tiempo oportuno: serán lluvias de bendiciones”.

Ella no será fruto de acción ingeniosa de los hombres, que jamás han logrado realizarla, pero don del Altísimo, del Dios que se presenta él mismo como Paz. Y ella será obra de su Enviado, el Príncipe de la Paz (Is 9,5): “porque un niño nació para nosotros, un hijo nos fué dado; la soberanía reposa sobre sus hombros, y Él se llama: Consejero admirable, Dios fuérte, Padre eterno, Príncipe de la Paz”.

Jesús se presentará como el portador de esta Paz, Paz para el mundo, paz para los hombres, pues su Reino que con él se hace presente, es el Reino de la Paz, Él la concede a todos los que están dispuestos a acogerla. No será como la paz del “mundo”, mas aquella que es particularmente suya, es decir, algo que hace parte de su propia vida. “Dejo a vosotros la paz, mi paz. No la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni se atemorice!” (Jn 14,27).

Este fué el don que Cristo dejó a sus discípulos, exactamente al terminar sus palabras de despedida en la última Cena: “Esto les dije para que tengáis paz en mi. En el mundo tendréis tribulaciones, pero, tened coraje, yo vencí el mundo” (Jn 16,33).

Mas, el don de la Paz no puede ser concedido a cualquiera. Si es un don gratuito del amor del Padre y del Hijo, él, el propio don del Espíritu de amor, sólo puede entrar en los corazones que aceptan ser purificados de los vicios que aprisionan y dividen los hombres: el orgullo, la vanidad, la autosuficiencia, la envidia, la mentira, la falsedad, la injusticia. Todo lo que impide o destruye la Paz.

La Escritura, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento nos certifican que los dones de Dios, aunque siendo gratuitos, hacen parte del pacto de la Alianza, a través del cual Dios se revela y promete comunicar a los hombres su amor (su vida). Pero, alianza exige siempre una reciprocidad en el amor. Se hay reconocimiento de lo que es prometido como don, debe haber también una respuesta, expresión de este reconocimiento en forma de fidelidad u obediencia a las exigencias de las promesas (los “mandamientos” del amor). De esta forma, el acto de recibir, de acoger el don del amor divino es también un acto de obediencia que solo puede ser verdadero en cuanto expresión del amor a la persona del Dador. Y como fruto de esta divina y humana reciprocidad, bien característica del misterio de la Alianza se vuelven presentes los dones divinos, objeto de las promesas.

Por lo tanto, con mucha razón, es que la revelación del A..T. identifica este relacionamiento de amor entre Dios y los hombres, como una Alianza de Paz (Ex 37,26: “Concluiré con ellos una alianza de paz, la que será una alianza eterna).

“Aunque las montañas oscilaran y las colinas se abalaran, jamás mi amor te abandonará y jamás mi pacto de paz vacilará, dice el Señor que se ha compadecido de ti” (Is 54,10).

Josué ha concedido la paz y hace con ellos una alianza que les aseguraba la vida, y los principales de la asamblea la confirmaron con un juramento” (Is 9,15).
Mas este acogimiento supone la exclusión de todo lo que cierra el corazón del hombre, como fué dicho arriba para que pueda también exprimir el don, la gratuidad de la propia entrega de sí. Misteriosa, mas admirable reciprocidad de una alianza de amor.

Conociendo bien todo lo que traemos dentro de nosotros y que se construye frecuentemente como un indeseado mas poderoso motivador de nuestro actuar, deseando sinceramente la paz y lo que la construye, todo lo que es bueno y verdadero, como afirma el apóstol San Pablo, mas muchas veces acabamos haciendo lo que no queremos: recusamos la paz. “No entiendo absolutamente, lo que hago, pues no hago lo que quiero; hago lo que aborrezco” (Rm 7,15).

Entonces, tornase exigencia de nuestra verdad reconocer que podemos poner en peligro, vaciar y anular este don de la paz, que nos es concedido, como se dice: “Ah! Si en este día conocieras el mensaje de paz! No obstante, ahora, esto es oculto a tus ojos. Pues, días vendrán sobre ti en que tus enemigos te cercarán con trincheras, te rodearán y te apretarán por todos lados. ¡Te echarán por tierra a tí y a tus hijos y en medio de tí, no dejarán piedra sobre piedra, porque no reconociste el tiempo en que fuiste visitada!” (Lc 19,41-44).

Por esto, debemos decir con corazón contricto: Cordero di Dios, que tiras el pecado del mundo, ten misericordia de nosotros. Cordero di Dios, que tiras el pecado del mundo, danos la Paz.

Vivir esta Paz, tornarla presente entre nosotros, anunciarla a los que la desconocen, es la exigencia fundamental de la fidelidad de los discípulos de Cristo. Él les dice otra vez: “La paz sea con vosotros! Como el Padre mi envió así yo también os envío a vosotros” (Jn 20,21).

En cualquier casa donde entréis, direis primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hubiera uno hijo de la paz, vuestra paz reposará sobre él; sino, tornará a vosotros” (Lc 10,3-6). “Vivid en paz unos con los otros” (Mc 9,50).”Bienaventurados los constructores de la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9).

Vemos así que anunciar la Paz es anunciar la llegada del Reino Mesiánico, como dice el propio Cristo: “El Reino de Dios está entre vosotros”.

La misión de evangelizar, anunciar Jesús y su obra, anunciar la llegada del Reino siempre fué entendida por la Iglesia también como el anuncio y la necesidad de construir la comunidad cristiana como una comunidad de Paz.

Aspectos de la Paz en el N.T.
Se puede afirmar, según una habitual interpretación exegética, que el significado central y más común del término “eirene” en el N.T. es aquello que relaciona con el don total, definitivo y supremo que Dios concede a los hombres a través de Jesucristo. En razón de esto, Dios y Jesucristo aparecen nombrados con expresiones semejantes “el Dios de la paz” (Rm 15,33; Nb 13,20), “el Señor de la paz” (2 Ts 3,14). Más propiamente aún, se dice de Cristo con cierta referencia a Mq 5,4: “Si, en efecto, es nuestra Paz” (Ef 2,14) y en el mismo contexto, será llamado “aquél que opera o realiza la Paz” o aún, que él evangelizó la paz (Ef2,15.17).

La paz, fuérza y poder de Dios

Los textos citados son suficientes para revelar el carácter por así decir de “plenitud” de la paz en todo el N.T., es decir: ésta no se sitúa en el ámbito político o exterior. En este nivel aún se afirma que la lucha prosigue con el tiempo (Mt 10,34).

Cristo nos asegura que “su paz” no aleja la tribulación que los suyos encontrarán en el mundo. Mas solamente en Él hallarán la paz (Jn 16,33). Paz ésta, que da certeza de la salvación perfecta y que no se hallará “en el mundo”, siendo capaz de unir cielo y tierra (2,14; 19,38).

Pronunciada por Jesús, la palabra paz se reviste aún de un otro significado, de extraordinaria eficacia en la misma salutación: “Id en paz” (a la mujer curada, Mc 5,224). A la pecadora (Lc 7,50) y a los discípulos, después de la Resurrección (Lc 24,36; Jn 20,19.26). Es importante notar que la misma fuérza de anuncio y de comunicación se encuentra en la idéntica salutación con que los discípulos imitan a Jesús en sus ministerios (Mt 10,13; Lc 10,5-6). No se trata de un simple deseo o saludo social, mas en verdad de la proclamación y ofrecimiento de los bienes relacionados con la paz mesiánica. Para Jesús, esta paz es algo tan objetivo y concreto que iba a permanecer en aquellos dispuestos a acogerla; y, al contrario, ella volverá para el discípulo, caso sea recusada (Mt 10,3; Lc 10,5-6).

Esta paz evangélica es la paz que ultrapasa todo entendimiento y que “cuidará de los corazones y las mentes de los fieles, conservándolos en Cristo” (Fl 4,4). Esta paz, segun San Pablo está asociada significativamente a la propia “vida”, mientras es salvación realizada, que aleja la “muerte” (Rm8,6). Esta vida proviene del Espíritu, como está afirmado en las conclusiones de diversas cartas.

La eficiencia dinámica y vital de esta paz que es también gracia poderosa de Dios, a través de Cristo, se manifiesta como destrucción del pecado y comunicación de la “justicia” de Dios. Esta justificación coloca el hombre en estado de “paz con Dios mediante el Señor Jesucristo (Rm 5,1). No se trata, aquí también de una situación estática, pero de energía espiritual comunicándose en una progresión de don y de vida, de la fé a la esperanza y a la caridad a través del Espíritu Santo que fué dado” (Rm 5,5).

Otra dimensión dinámica de la Paz en el N.T. aparece en el proceso de la reconciliación. Así como la obra destructora del pecado no solamente alteraba la relación de los hombres con Dios, mas aún sus relaciones mutuas (de unos hacia los otros), así también la remoción del pecado no sólo reconcilia los hombres con Dios, pero aún también, por la obra de Cristo, reconcilia los hombres entre sí, dando a ellos “la paz con Dios y paz con los hombres”, formando “uno único nuevo hombre” (Rm 5,10. 2 Cor 5,18; Ef 2,11-18; Cl 1,20-22).

Pero, no se puede olvidar, recordando la dimensión de Alianza extendida a toda la obra de la Salvación, que el misterio de reconciliación, confiado a los discípulos, supone siempre la colaboración, es decir, la correspondencia de aquellos que deben se reconciliados (2 Cor 5,18-20); tanto en relación a Dios como en relación a la comunidad. Y esta obra debe perdurar a través de aquella actitud que también es impulso dinámico y que San Pablo llama “solicitud para conservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Ef 4,37).

La misma doctrina sobre la “unidad del Espíritu” se encuentra en Gl 5,22, donde el Apóstol claramente revela que la propia paz interior del cristiano no es un bien meramente intrínseco a cada uno, mas es portador de verdadera e integral comunión fraterna. Por tanto, se debe concluir que el cristiano no es apenas alguien que se alegra y se complace con el don divino de la paz, mas debe ser también su promotor y “operador“.

La sabiduría que viene de lo alto es primeramente pura, luego, pacífica, modesta, indulgente, llena de misericordia y de buenos frutos, imparcial, sin hipocresía, y el fruto de la justicia se siembra en la paz para aquellos que obran la paz” (Sant 3,17-18).

Conclusión: La obra de la Paz
La realización de la paz en la conducta del discípulo aparece primeramente en su vida interior, de acuerdo con su comportamiento personal y por tanto, también con la exigencia de vivir en paz con los otros. Esta exigencia de vivir en paz con los otros está expresada algunas veces, en el N.T. con el verbo “eireneu”, es decir, “pacificar”, que aparece en el texto en que se pide que los cristianos sean “la sal de la tierra” y por eso, deben vivir en la paz unos con los otros.

Por lo demás, hermanos, alegraos, perfeccionaos, animaos, tened un mismo sentir, vivid en paz, y el Dios de la caridad y de la paz estará con vosotros” (2 Cor 13,11): “A ser posible y cuanto de vosotros depende, tened paz con todos los hombres” (Rm 12, 18).

El mismo compromiso cristiano es explicitado en la carta de Sant 3,18 (citado arriba) como “promover la paz, eirenopoieo”. El mismo verbo aparece en Mt 5,9 entre as bien-aventurazas: “Bien-aventurados los constructores de la paz eirenopoioi porque serán llamados hijos de Dios”. De cierto modo ya se percibe como preanunciada la perfección total de la paz y del amor fraterno que será pedida por Jesús: ”Digo a vosotros que me oís: amad vuestros enemigos, haced bien a los que os odian” (Lc 6,27); amad vuestros enemigos, haced bien a aquellos que os odian y prestad, sin nada esperar. Y grande será vuestra recompensa, y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno hasta con los ingratos y malos” (Lc 6,35).

Las raíces de una paz sociológica
La palabra pax, de origen latina, significa tranquilidad, calma, paz de espíritu, concordia, estado de armonía civil de una nación que no mantiene guerras. “Los madianitas fuéron humillados delante de los israelitas y no pudieron levantar la cabeza, de suerte que la tierra pudo gozar un reposo de cuarenta años en el tiempo de Gedeón” (Jc 8,28).

Este concepto no acentúa aspectos más dinámicos de la paz, como la relación entre personas que no solamente ansían, mas buscan construir una situación ideal de entendimiento, de bienestar, felicidad, salud, bien y justicia no apenas en el ámbito de la pequeña comunidad en que se vive, mas, sobretodo en relación a la macro sociedad: nuestra ciudad, todas las naciones y con referencia a la propia humanidad. Constituye esta preocupación algo que se impone cada vez más a la atención de las personas, y de las propias comunidades menores. Ella aparece como un proyecto desafiador, lleno de dificultades y problemas, casí insolubles, mas también como una tarea abierta al futuro y siempre inacabada, pues el presente se encuentra siempre amenazado por la experiencia del pasado y por la incertidumbre del futuro.

Las comunidades benedictinas, quizás desde el tiempo de San Benito, han sentido ciertamente la necesidad de posicionarse delante de las exigencias manifestadas por las situaciones concretas de los hogares y de los tiempos en que vivían. Tiempos de guerras continuas, invasiones, devastaciones, miserias y pobreza.

Por los relatos de la Vida de Benito, narrada por el Papa San Gregorio, en el Libro II de los Diálogos, se vede que varias veces el Abad procura armonizar las exigencias de la vida interna de los monjes, en su comunidad con las necesarias salidas hacia hogares más vecino o más distantes, segundo las necesidades del propio monasterio o otras exigencias, sobretodo por el cielo de bien espiritual de los habitantes en la misma región.

Mas, ciertamente, en otras ocasione, a comunidad de Benito debe tener sentido la necesidad urgente quizás de se posicionar delante de los grandes problemas decurrentes de las graves alteraciones sociales y políticas ocasionadas por la caída del imperio romano y de las invasiones bárbaras.
Es posible que el sabio contenido del capítulo tercero haya sido de gran utilidad para momentos en que la comunidad sentía la urgencia de posicionarse y responder a situaciones concretas y difíciles. Necesidad de llegar a una visión objetiva y sobre todo, iluminada por la luz de la Fé y de las exigencias de los Evangelios. Como nos sería precioso poder descubrir cúal es el proceso para este discernimiento!

Las tradiciones filosófica orientales han entendido siempre ser el amor universal el que debe hacer frente al dominio del egoísmo, la fuénte de todo mal y generador de apropiaciones indebidas. La tarea educativa consistirá pues, fundamentalmente, en hacer aparecer y fructificar las buenas disposiciones y capacidades humanas visando la humanización del ambiente.

El hinduísmo repudia todo tipo de violencia e insiste en el respeto a toda y cualquier forma de vida. En Gandhi este respeto a la vida aparecerá en una forma amable, mansa y tranquila, mas también, conforme la situación, en otra, rebelde e intolerante contra toda forma de injusticia y violencia. Él diferencia esta actitud de una mera paz interior y la justicia por ser una conducta indispensable para la vida en sociedad. Su no violencia se sitúa no contra la violencia, pero más allá de ella, superándola en la construcción de una paz que es fraternidad universal con todo lo que es vivo.

La cultura de la paz
Dice Don Anselmo Grün que los sociólogos hoy constatan una creciente incapacidad hacia la paz. La radicalización de los grupos dentro de la comunidad acreció. Se perciben tonos más agresivos, incapacidad de aceptar objetivos diferentes, formación de “imágenes” enemigas a ser combatidas. Por eso mismo, hoy es costumbre decir que la cultura de la paz es obra prioritaria de todas las sociedades y comunidades humanas. Es necesario para esto que el proceso por la búsqueda de la paz sea asumido en un proyecto ético global, es decir, superando todos los intereses particularistas. M. Vidal dice que la ética de la paz será el esbozo que procura tornar realidad histórica el ideal utópico de la paz de toda la humanidad.
Este proyecto tiene como sujeto prioritario la sociedad civil y debe ser traducido en creaciones culturales que comprometan el significado de la existencia de los hombres y se encuadren en una verdadera propuesta de civilización.
Así entendida, la paz será una forma creativa de construir la historia.

Juzgamos oportuno transcribir aquí algunas formas o elementos que, segun algunos sociólogos, toda cultura de la paz debe contener. O sea, esas formas o algunas de ellas deben estar presentes en sociedades o grupos humanos, para que en ellos sea posible el aparecimiento y desenvolvimiento de aquello que se pudiera llamar las “raíces” para una cultura de la paz.

Optimismo antropológico
Uno de los más importantes desafíos para nosotros hoy, es tornarnos personas positivas, que logren construir sin destruir los otros. Hasta los “programas” por la Paz pueden ser peligrosos porque ya de inicio están orientados a combatir algo o alguien.
La cultura de la paz debe recuperar la creencia en la dignidad e igualdad básicas de toda persona, es decir, debe confiar simplemente en el ser humano. Este elemento de confianza podrá hacer frente al pesimismo antropológico reinante, que se cierra en la incapacidad hacia el cambio y en la constatación del dominio de algunos seres humanos sobre los otros.
Todas las formas de exaltación del propio yo y de disminución y menosprecio de los otros, de exacerbación nacionalista y visión pesimista del extraño como agresor, conducen a una cultura de la violencia. Esas culturas acostumbran partir siempre del presupuesto de que “el otro” es un infractor o un menos-hombre, por motivos de raza, sexo, creencia etc. y por eso deberá ser dominado y subyugado.

Satisfacción de las necesidades básicas
No se puede esperar el surgimiento de la paz mientras la cultura reinante no esté a servicio de las necesidades legítimas y básicas de las personas (alimento, habitación, salud y educación, que permiten a todo ser humano vivir con dignidad). La cultura decurrente de una obstinada concurrencia entre naciones y comunidades internacionales, en lucha por mayores riquezas económicas y financieras tien como consecuencia una injusta división de los bienes indispensables. Ya se ha hablado más que lo necesario de un Norte rico y de un Sur pobre y violento. Se torna pues imposible esperar la pazen cuanto perdure aquella desigualdad y sus carencias no fuéran al menos minimamente atendidas, tanto entre las naciones como entre comunidades y grupos sociales.

Afrontamientos de conflictos
“La riqueza del nuestro tiempo, tan cargado de conflictos, más o menos explícitos, es quizás, aquella de ayudarnos a tomar conciencia de la fecundidad de todo conflicto, bajo la condición de que lo reconociéramos como tal. Sin la presencia ‘del otro’, yo no puedo ser yo mismo. Mas, el encuentro con ‘el otro’ traerá, ciertamente un conflicto” (Marc Oraison, Les Conflits de l1existence, p. 96).

La cultura de la paz no aboga el desaparecimiento de los conflictos, pues ellos son inherentes a la condición humana; lo que ella estimula es su enfrentamiento con todos los recursos disponibles. Como tales, los conflictos son necesarios y, en parte, constituyen el motor del cambio social histórico. La cultura de la paz debe procurar hacer con que el enfrentamiento personal o colectivo de los conflictos se realice desde la experiencia lúcida y convicta de que el hombre es eminentemente creador y promotor de formas nuevas de ser y de vivir la realidad.

Esta convicción se refleja mejor en aquellas personas que Erik From caracteriza como “biófilas”, es decir, que apuntan siempre para el futuro, aportan soluciones creativas, confían en las posibilidades humanas y utilizan medios no violentos en la resolución de conflictos.

Articulación de estrategias de acción no violenta.

El movimiento pacifista se ja distinguido históricamente por generar estrategias de acción creativas y provocadoras, partiendo del ejemplo de Gandhi y Luther King. Esas y otras estrategias de acción deben procurar traer a la luz las contradicciones de la cultura de la violencia y se configuran como medios alternativos no violentos con vistas a la resolución de los conflictos sociales propuestos. Esto exigirá el acompañamiento de un proceso personal y colectivo de conocimiento y análisis objetivo de la realidad.
Perspectiva planetaria

La enfermedad que aflige nuestro mundo, en termos de violencia, en todas sus manifestaciones, no contempla soluciones parciales. La cultura de la paz, expresión de universalidad, de totalidad y armonía debe impulsar:
a) enfoques de problemas y busca de soluciones
superando los ámbitos limitados y parciales.
b) elección de objetivos operacionales que propicien cambios básicos
c) la elección de objetivos debe procurar garantizar el mínimo de bienestar humano y satisfacer las necesidades básicas y no darse nunca en términos de poder y de riquezas.
La paz en la Regla de San Benito
Es oportuno recordar que inicialmente tomamos conciencia de aquello que llamamos “textos-testimonios”, en los cuales los Papas más recientes, bien como historiadores conceptuados reconocen claramente la obra evangelizadora de la Paz, realizada por los monasterios benedictinos, no solamente en épocas pasadas, mas también en los tiempos actuales.

Luego, procuramos profundizar el significado de la Paz, en sus raíces del Antiguo y del Nuevo Testamento, descubriendo de que manera una cultura de Paz estará siempre dependiente de la fidelidad en vivenciar las experiencias de nuestra herencia de Israel como condición hacia una continua autenticidad de los valores.

Hemos visto, aunque rápidamente, sobre cuales raíces sociológicas, será posible brotar una cultura social de la paz.

Llegamos finalmente, al momento en que deberíamos ahora investigar, la Regla de San Benito, descubriendo no solamente los textos en que se menciona la paz, mas todas las formas presentes en la vida monástica tal como es presentada por Benito y que pueden ser consideradas como las fuéntes de su verdadera doctrina sobre la Paz, tan reconocida como presente y actuante a través de la tradición benedictina, en todos los tiempos de su historia.

Pensamos que esa pesquisa, en vez de ser presentada por el conferencista pudiera ser mejor elaborada de forma más pedagógica, si fuéra realizada por los propios grupos de estudios. Se así no fuéra, pensamos que faltarían a esos grupos temas referentes a la paz, mas que despertarán un verdadero interés por la busca de soluciones y respuestas a las cuestiones difíciles y actuales, propias de nuestros días y a la luz de la predominante cultura pos moderna.

Presentamos, pues, diez cuestiones que podrán ser distribuidas a los diversos grupos. Cada grupo deberá presentar, al final de un estudio más profundo del tema, y por escrito, un texto que manifieste y corresponda realmente al pensamiento del grupo.

Primera cuestión
En un momento en que la paz mundial parece cada vez más comprometida con tantas guerras regionales, con terribles consecuencias para sus habitantes y cuando, cada vez más crece el temor de una conflagración generalizada, con posible uso de armas atómicas, ¿cuales son las actitudes que están siendo tomadas en este momento (o deberían ser) por nuestras comunidades, delante de nuestro compromiso con la paz benedictina?

Segunda cuestión
Examinando con atención el texto de Puebla (p. 3), en el cual se hace referencia a las comunidades benedictinas en el Medioevo,

a) ¿podemos afirmar que el testimonio de la Paz estaría también incluído en aquella afirmación elogiosa, bien como en el concepto de una “comunidad evangelizadora”?

b) Si fuéramos hoy cuestionados, por nuestros Obispos, sobre el testimonio de nuestro modo actual de vivir aquellas características de nuestra identidad benedictina, ¿cómo podríamos presentar nuestras justificativas?

Tercera cuestión
Se considera de gran importancia no apenas el conocimiento, mas también el análisis de los principales documentos de Pablo VI sobre la vida monástica benedictina. Son los siguientes (páginas 6-10).
El Discurso en Monte Casino (1964)
La Carta Apostólica declarando S. Benito patrono de Europa (1964)
La Alocución a los Abades (1966).

a)Examinando esos “textos-testimonios” del Papa Pablo VI, ¿ podríamos comprobar que el Papa, entre los innúmeros beneficios que el monaquismo benedictino trajo a Europa, enumeraba también la misión de paz?

b)¿Será importante reunir todas las cualidades (con el propio significado que les cabe) que Pablo VI atribuye a la vida benedictina y cúales los principales efectos positivos de esta presencia benedictina en la Iglesia, en Europa, y también en el propio hombre?

c) ¿Con qué palabras el Papa manifiesta su convicción de que esas cualidades “benedictinas” deberán estar siempre presentes y actuales en los monasterios? y para eso, algunas condiciones exigentes serán siempre necesarias. ¿Podremos decir que aún hoy esas palabras de Pablo VI conservan su valor y actualidad?
Cuarta cuestión
El Papa Benito XVI, en su alocución sobre la Paz para el día 01 de este año, deseando esclarecer los motivos para la elección de su nombre referíase a San Benito como “patrono de Europa e inspirador de una civilización pacificadora en el Continente entero”. ¿Podrá el Grupo encontrar, entre los “textos-testimonios” algunas citaciones que justifiquen esa afirmación?

Quinta cuestión
El concepto bíblico de la Paz, en el A.T. manifiestase íntimamente relacionado con el misterio de la Alianza, o sea, de la esperanza por la venida de una Paz mesiánica. Siendo la Regla de nuestro Padre, en muchos puntos, bastante fiel a esa tradición bíblica, ¿ se pueden encontrar textos de la Regla Benedictina que revelen la presencia de la Alianza de la Paz tanto en la vocación del monje como también en el testimonio de la Comunidad?

Sexta cuestión
Conocemos cuanto la Regla Benedictina está marcada por un radical Cristo centrismo. Siendo la Paz íntimamente relacionada con la persona y la misión de Cristo,

¿ podrá el Grupo mostrar la misma centralidad dela Paz de Cristo en la vida del monje y de la comunidad?

Sétima cuestión
Entre los Instrumentos de las Buenas Obras, encontramos el texto de la tradición monástica: “No conceder paz simulada”.
Una lectura atenta de la Regla podrá revelar los textos que manifiestan el pensamiento de Benito sobre esa actitud condenable, mas posible. ¿ Cómo expresarlo?
No podremos negar que la exigencia cristiana de ofrecer un testimonio de Paz verdadera no cabe solamente a los monjes, personalmente, mas también a las comunidades monásticas.
¿Cuales serían las posibles formas de vida de la comunidad que en los días de hoy podrían ser consideradas como “paz simulada”?

¿Y cómo podrían ser detectadas y evitadas?

Octava cuestión
Considerando los cinco elementos o formas de organización social que, segundo algunos sociólogos deben estar en la base de una cultura de paz, procurar en la RB los textos en que pueden ser encontrados algunos de esos elementos, y analizar si, de hecho, son ellos fundamentos de una paz comunitaria.

Novena cuestión
¿ Se puede encontrar en la RB la busca de una Paz Evangélica y en otros textos, la búsqueda de una paz meramente solical o comunitaria? ¿ Cuale son los textos que justifican la respuesta?

Décima cuestión

La RB insiste, en varios hogares, que la justicia sea realmente la fuénte de la paz en la comunidad. Mas, al mismo tiempo, muestra también la necesidad de reconocerse y atender a las legítimas necesidades personales, bien como la de valorizar y premiar a los que revelan mayor empeño en la caridad o en la obediencia.
Benito reconoce, pero, el peligro de la desigualdad resultante: la pérdida de la “justicia distributiva”, de la paz y el aparecimiento del vicio de la murmuración.
Muy importante será pues encontrar, en la Regla, aquellas formas de actuar propias del Abad o de la Comunidad, que serán aptas para superar este problema. Ciertamente que esas formas serán válidas todavia hoy para una pedagogía de la justicia y de la equidad en cualquier Comunidad.

Don Joaquín de Arruda Zamith, OSB
Vinhedo – Brasil CIMBRA


En la RB la PAX es mencionada explícitamente:
Pról 14-17
4,25
4,73
34,4-5
53,3-4
63,4
65,11


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