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La paz que brota del perdón: el inicio de la conversión

La historia de la humanidad está repleta de ricos ejemplos de hombres y mujeres que vivieron una experiencia de paz, transformando sus vidas. A través de este ángulo personal, inspiraron muchas personas a seguir por el mismo camino, que podemos presentar como un camino de experiencia del amor y del deseo de Dios para cada persona y para la sociedad: vivir intensamente en paz.

La paz se constituye en primera instancia como una virtud que el alma experimenta por que hace una experiencia íntima de Dios, o sea, es Dios quien pacifica al ser humano, porque tiene misericordia del él, en este sentido la paz es una experiencia teológica.

La paz también refleja una realidad psicológica, como realidad práctica en la vida, en la sociedad, porque ella inside sobre la cualidad de los interrelacionamientos humanos, posibilitando al individuo vivir el amor de Dios amando al prójimo, por lo tanto de anticiparnos al reino de Dios entre nosostros, ya experimentando una perspectiva de resurrección de los afectos, de recuperación de la alegría, de adquisición de sentido y de generación de valores morales y éticos que ayuden a la humanidad a tornarse cada vez más humana, en el sentido pleno en que Dios la creó. Se trata de una perspectiva de sacralización de la vida presente hasta la Resurrección eterna.

Esto se hace posible porque la paz es capaz de comunicar al yo interior presente en la subjetividad de la persona humana como realidad espiritual de creatura en la que Dios insufla su Espíritu, que es Espíritu de paz, esta presencia santificante se mezcla a un nosotros de la comunidad para reflejar la misma realidad de donación divina, de un creador que nos hace a su imagen y semejanza.

La paz que Dios vivencía en el interior de la Trinidad Santa, es la paz que Él manifiesta al mundo como expresión armoniosa de un vivir en el paraíso, lugar donde la perspectiva de la vida comunitaria tiene su mayor significación y su sentido más pleno. La paz, realiza entonces el deseo y la realización del estar com Dios, de ir a Su encuentro en todos los momentos y situaciones. Así la paz es un desafío al coraje y determinación humana, que nos puede mostrar si optamos o no, por Dios y por el paraíso.

El ser humano desea este paraíso, y por el se empeña en la medida en que descubre el sentido pleno y la riqueza del vivir con Dios, presente en la vida y en el ser, y más todavia, la necesidad de ver a Dios presente en cada persona humana. Con esto, la paz deja de ser apenas una experiencia individual e se demuestra esencialmente comunitaria.

En este sentido, tal deseo humano tiene que transformarse en reflejo de la acción directa de la gracia de Dios que enseña a la persona individualmente, que toca al ser humano en cuanto creatura y que transforma a la sociedad en un paraíso. Esa es una utopía que nos inquieta y desafía. De esto podemos abstraer que el deseo humano de estar en el paraíso de Dios es un principio agente de transformación de la realidad existencial en lugar de la paz primordial, que predominaba en el comienzo de la creación, en el Edén, como el modelo del lugar de la Paz, que hoy queremos contemplar en la persona humana y en nuestras comunidades.

Este principio activo es el ir en el rastro de la paz, es nuestra caracterización como cristianos, una vez que se manifiesta en el deseo de imitación del amor de un Dios que nos amó al extremo, inclusive muriendo en la Cruz como acción salvífica para toda la humanidad.

En la cruz Jesucristo vivió su expresión máxima de comunión con el Padre, hablándole de manera directa, en comunión con la humanidad, manifestando que no nos dejaría huérfanos y que nos enviaría el Paráclito. ¿ Cuál fué entonces la expresión íntima del ser de Jesucristo en aquel momento? La de la comunión que nos permitiría vivir la paz realizada por la redención. La paz, entonces es la marca de la comunión con Jesucristo, es la expresión del ser miembro de la Iglesia de Ese Jesucristo, que nace en su Cruz. La paz, entonces es transformación de la muerte en resurrección, y es por eso que se puede decir que ninguno de nosotros gozará de la paz si no nos esforzamos y nos convertimos a la esperanza de que con la gracia de Dios podemos ser nuevas creaturas.

El gesto de perdón de Jesucristo no fué una manifestación de autoridad, si no de gratuidad. Además, a este propósito podemos agregar que muchas veces no conseguimos entender en profundidad esta lección de Jesus, una vez que en nuchas acasiones encaramos nustras actitudes de perdón como necesidad explícita de comprobación de nuestra autoridad, del tipo, yo perdono porque tengo razón, porque soy superior. En la práctica, vivimos tentados a actuar así, simulándonos como virtuosos. Cristo no actuó así, Él era por demás humilde. Perdonó porque simplemente quería amar y amar sobre todo porque Él era el Príncipe de la Paz.

Estamos delante de una de las realidades espirituales más profundas de la vida humana, esto quiere decir, vivir una dimensión de paz, que se originó por el perdón dado en la Cruz, concedido como gratuidad de Dios. Esto se prolonga a lo largo de la historia, porque mismo recaídos por nuestros pecados podemos recibir el perdón y restablecernos en la paz con nuestro Creador. Cada persona humana entonces, es un ser a quien Dios convida incesantemente a vivir la paz interior del retorno, bien dentro del molde del hijo pródigo.

Todo lo que se entiende acerca de la paz nada más es que descubrir que ella fué dejada por Dios como una señal de su armonía y de su presencia, inclusive como estímulo a la superación de nuestros proprios límites. Vivir en paz, es antes un desafío para la humanidad y no un deleite egocéntrico. Por eso, nadie puede vivir en paz viendo que su prójimo no la vive. Como mínimo debemos mostrarle nuestra paz y en lo máximo debemos empeñarnos para que de ella él participe. Esto significa, que quien vive en paz comunica la paz, es agente de Dios en la vida humana, es evangelizador, porque vive su dimensión de misionero del amor de Dios.

Estamos frente a una posibilidad histórica que nos permite reconocernos en la historia de la Iglesia, una gran cantidad de hombres e mujeres que vivieron esa búsqueda como su mayor ideal, de modo que vivieron en paz, por tal motivo son admirados y se tornaron modelos.

A través de esos ejemplos de seguidores de Cristo (sin que dejemos de considerar la grandiosa cantidad de personas, que no siendo cristianas también fueron en sus vidas, mensajeras de la paz) podemos resaltar de sus vidas que el encuentro con la paz, las condujo por un camino de conversión en dichas vidas.

Entre el inmenso número de los convertidos a Dios que por eso vivieron una experiencia de paz interior, tenemos la figura de San Gualberto. Hombre instado por la lógica de su tiempo histórico, alrededor del año 1000 a vengar el asesinato de su hermano y así rescatar el poder y la autoridad de su familia.

La experiencia histórica de San Juan Gualberto, que le proporcionó el alcance de su paz interior tuvo como marco inicial su experiencia de la Cruz de Cristo, que vivenciándola en uno de los días de la liturgia del Triduo Pascual, le demarcó el tiempo de su conversión y de su vocación monástica.

Cuéntanos la historia, que en un Viernes Santo, el joven y valiente Juan Gualberto encuentra al asesino de su hermano, a quien deseaba matar para vengar la sangre de su hermano y honrar el nombre de la familia.

En este encuentro todas las condiciones le estaban favorables para realizar con éxito su premeditado intento. Todavía, el joven no imaginaba que su enemigo tuviese la actitud de pedirle perdón.

Así, él le pide a Juan Gualberto que en nombre de Cristo quem en la Cruz perdonó a los que lo crucificaron, y que en aquel día la Iglesia celebraba como un misterio de salvación, le perdonase.

Después de algunos instantes de introspección que tomaron cuenta de Juan Gualberto, el valiente hombre abraza a su enemigo, experimentando un sentimiento de liberación muy profundo. Era su encuentro con la paz.

El peso del deseo de venganza, la idea fija y la energía dispendida en el planeamiento de aquel momento ahora no más existian, y él, Juan Gualberto se abría a un estado interior de pacificación, lo que también en la otra persona debe haber acontecido en función de la liberación del miedo y del peso de la conciencia por haber matado a alguien. Ambos vivieron en sus dimensiones personales el encuentro con la paz.

En cuanto a Juan Gualberto, después de aquel momento marcante de su vida se dirijió a la iglesia de San Miniato (Florencia), confiada a los monjes benedictinos clunyacenses y allí va a rezar delante del crucifijo, todavía conmovido por la mención del gesto de perdón de Cristo, que fuera la estructura de comunicación utilizada por su enemigo: “Perdóname en nombre de Cristo que hoy la Iglesia celebra como la salvación y redención de la humanidad”.

Después de su oración y contemplación de aquel crucifijo percibe que el Cristo de aquella cruz le inclina la cabeza. Esta experiencia fué entendida por él como una señal de la aprobación de Dios a su gesto humano, como también un llamado vocacional a tornarse monje.

Juan Gualberto pide entonces, al abad de aquel monasterio para allí convertirse monje, y así vivir en el claustro su encuentro con la paz. Él vive de ahí en adelante una intensa recuperación del sentido para ser cristiano: perdonar y convertirse, expresiones de un alma que vive la paz como pasaje a un estado de nueva creatura.

De esta forma, el testimonio de la paz de este santo monje refeja su vida y su espiritualidad y llega hasta cada uno de nosotros con la misma intensidad de un desafio, realizando así la expresión de la paz benedictina como un don y un desafio, que en nuestra experiencia de lectio divina podemos leer en las bienaventuranzas, o sea, que son “Bienaventurados los que promueven la paz, porque serán llamados hijos de Dios”.

Dom Robson Medeiros OSBV, Prior
Monasterio de San Juan Gualberto
San Paulo - SP


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