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Colocar Nuestros Pies En El Camino De La Paz

Introducción
Según el profeta Zacarías, Colocar nuestros pies en el camino de la paz (Lc 1,79), es acoger a Cristo como Salvador y dejarse conducir por él a la Paz de Dios.
En esta perspectiva me han pedido ofrecerles algunas reflexiones de tipo antropológico-pastoral sobre el camino de la paz en el propio corazón del monje y de la monja.
Inspirándonos en la concepción de san Benito sobre el monasterio, podemos concebir la vida monástica y el monasterio mismo como el lugar donde se aprende a buscar y hallar la paz de Cristo.
Mi propósito es presentarles, un poco sumariamente, una serie de temas de nuestro vivir monástico en relación con la paz, a fin de suscitar la reflexión y el diálogo entre nosotros. Se los ofrezco agrupándolos en tres perspectivas:

  • Hacer la paz en el propio corazón.
  • Buscar la paz en la comunidad.
  • Irradiar la paz al mundo.
Para esto tenemos que tener en cuenta que la paz, antes que un don de Dios al mundo, es una realidad en Él. La paz es el modo propio de estar Dios consigo mismo. Dios es paz. Él nos regala su paz; una paz que sólo Él nos la puede dar. Por eso Jesús diferencia su paz, de la paz que el mundo puede llegar a dar (Jn 14, 27), y hace de ella el gran don de su pascua: “La paz con ustedes”, es su saludo de resucitado (Jn 20, 19. 21. 26.).

1. Hacer la paz en el propio corazón
Lo primero que uno puede constatar es que la paz es el anhelo profundo del corazón. Y lo es por un doble motivo: porque hacia ella tendemos desde las raíces mismas del ser; y porque hacia ella corremos al percibir que la paz sintetiza y engloba lo que intuimos como nuestra felicidad.
El ser pide, desde lo profundo, existir en la paz. Es su modo propio de ser y existir en la verdad y en el amor. Su fundamento está en el ser de Dios, quien existe y es, en la Paz.
Mientras existimos, ella se levanta como promesa en el horizonte de nuestra conciencia y nos atrae como el bien más preciado. No descansamos hasta alcanzarla. Pero aunque real una vez alcanzada, ella nos es frágil y precaria en esta vida, sólo Dios nos la puede dar y mantener, porque Él mismo es la Paz (Ef 2,14; 1 Tes 5, 23).
Según san Pablo, la paz del corazón es fruto del Espíritu Santo: ¨El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz…¨ (Gal 5, 22). Es don de Dios a nuestros corazones, pero también fruto de nuestra colaboración. Se trata del resultado de la gracia en nosotros, pero también del compromiso responsable y amoroso de nuestra libertad que ha respondido y responde positivamente a Dios en el entramado diario de nuestro vivir monástico. Como señala el Apóstol, ella es la manera propia de ser del hombre nuevo, la de aquél que se deja guiar por el Espíritu Santo y que él contrapone al hombre carnal que vive y engendra frutos de muerte (Rm 8, 3 – 13).
Monásticamente considerada, creo que hay tres grandes tareas o procesos del corazón que hacen posible el reinado de la paz en él. Podemos nombrarlos con tres palabras: identidad, ordenamiento, comunión. Profundicemos cada uno de ellos.


Identidad:

La experiencia indica que muchos de los sufrimientos de los monjes y las monjas provienen de problemas de falta de identidad. Ya sea consigo mismos, con Cristo, con la vida monástica, o con su misma comunidad. Esta falta de adecuada identidad lleva también a vidas religiosamente mediocres, no felices, y es causa de abandonos de la vida monástica. Por otra parte, hoy vivimos una época de cambio, en sociedades fuertemente secularizadas y pluralistas, en donde las referencias y los modos de vivir los valores se desdibujan y es más difícil construir la propia vida.
Esto, que en muchos aspectos es fascinante, exige un fuerte trabajo personal de hacerse persona, hacerse monje, y reclama una clara identidad personal que a lo largo de la vida acompañe el seguimiento de Cristo y las transformaciones que ello origina.
Ahora bien, el proceso de identidad con cualquiera de estas realidades es gradual. A cada nivel le corresponde una cierta paz, la cual permite crecer a la persona y practicar con fruto la vida monástica. La paz del corazón generalmente nace del contacto con la verdad, lleva a la reconciliación, nos abre al prójimo y a la historia, y nos sitúa en un nuevo estado de ser. Allí la gozamos. Tiene una estructura eminentemente pascual; para alcanzarla debemos pasar por una cierta muerte y resurrección.
En el camino monástico el autoconocimiento y el auto aceptación es el camino seguro de la verdadera humildad. Hallarnos a nosotros mismos con todo su contenido de gracia y desgracia, es abrir la puerta para que la paz de Cristo y el amor de los hermanos puedan darse en el corazón.
Este proceso, que quizá más dramáticamente empezamos a vivir en el noviciado, nos acompaña siempre pues siempre somos misterio. Aquí el trabajo de la paz comienza muchas veces golpeándonos con alguna ¨verdad¨; quizá desconocida sólo por nosotros – ¡somos casi los últimos en llegar a ella!- pero que, poco a poco aceptada, nos va liberando y capacitando para amar más y mejor. Gracias a ella, somos más verdad; más verdaderamente nosotros mismos.
No podemos entrar ahora en el detalle de este amplio proceso, pero me parece importante destacar dos cosas:

a. Nuestras comunidades tienen la responsabilidad de asegurar a nuestros monjes y monjas el servicio de una adecuada apertura y formación del corazón, no sólo durante la formación inicial sino también a lo largo de la vida, especialmente en los momentos de crisis. En el corazón es donde se da la verdadera formación. Nadie se hace solo.
b. Este autoconocimiento tenemos que hacerlo no sólo desde la psicología, sino también desde la fe. Implica una mirada teologal sobre la propia vida. Si esta dimensión está ausente, no nos trascendemos ni llegamos a la verdad última de nosotros mismos que está en Dios; allí debemos llegar. Desde Él, nuestra vida cobra sentido.

A pesar de la importancia que tiene el conocimiento de sí, más importante y decisiva es nuestra identidad con Cristo. La vida monástica es un modo particular de vivir en Cristo. El bautismo nos hizo radicalmente semejantes a él, pero esa imagen incipiente tiene que llegar a desplegarse e informar toda nuestra realidad, hasta que Cristo sea, como enseña san Pablo, ¨todo en nosotros¨ (Cf. Ef 4,15).
Esto pide vivir de Cristo y para Cristo, tratar de ser y actuar como él -¨ tener los mismos sentimientos de Cristo ¨ (Fil 2,5 )- pero no como una mera identificación moral con Él, por más grandiosa que sea, sino como una verdadera y real participación de su ser en nosotros, y nosotros en Él.
Esto es la santidad. Gracias a esta real participación en su misterio, en Él tenemos acceso al Padre y al Espíritu, y nuestra vida se hace trinitaria. Somos monjes y monjas cristianos. Lo somos no porque vistamos un hábito, ayunemos o practiquemos determinada ascesis, sino fundamentalmente porque Cristo habita en nosotros y todo eso lo realizamos desde esta identidad profunda con Él que tenemos a partir del bautismo. En este sentido nuestra vida es verdaderamente mística; está unida y vivida desde Cristo nuestro misterio. Es Cristo quien vive en nosotros (Gal 3,20; Rm.6,1ss).
Esta identidad con Dios en Cristo es también progresiva. Se da, en la medida en que contemplamos a Cristo, hacemos nuestros sus valores y opciones, tratamos de pensar y actuar conforme a ellos desde nuestra propia personalidad y circunstancias. Es la obra del Espíritu Santo y de la gracia en nosotros.
La paz se abre camino y se establece en el corazón en la medida en que este proceso se da, se consolida como auténtica naturaleza nuestra y se ahonda.
Su punto de partida, al menos el conciente, me parece que está cuando personalmente en un momento de nuestra vida descubrimos a Cristo, a su persona, lo que se suele llamar ¨experiencia fundante¨. Ella tiene la particularidad de reorganizar todo nuestro mundo interior, haciéndonos descubrir a Dios como un ser vivo y personal. Él pasa a ocupar el centro de nuestra conciencia y de Él recibimos toda la fuerza interior necesaria para todos los cambios y pruebas que esta nueva realidad suscita en nosotros. Es la fuente de la paz.
Pero esta paz crece y se hace inquebrantable, en la medida en que todo nuestro ser se apoya y descansa en Dios. Es el camino largo de la fidelidad.
Si vivimos de Cristo y en Cristo, nuestro corazón no puede estar en paz a menos que verdaderamente abracemos el camino que Dios quiere para nosotros y esto en sus particularidades concretas. Esto nos lleva a identificarnos con la vida monástica como tal, y con ésta comunidad particular que encarna para nosotros la vocación a la que creemos estar llamados.
Aquí la paz surge como resultado de una búsqueda corta o larga, penosa u obvia, pero que a su vez se vuelve signo en la fe, que nos confirma en el querer de Dios.

Ordenamiento:

Somos muy buenos, pero necesitamos arreglo. Arreglo en todos los niveles de nuestro ser. Es lo que la experiencia y la tradición constante de la Iglesia nos enseñan a propósito de la paz. No hay verdadera paz de corazón sin ordenamiento del compuesto humano y sus relaciones: su realidad biológica, mental, espiritual, relacional.
Para decirlo brevemente, tanto la espiritualidad oriental como la occidental, cada una con sus énfasis, afirman la necesidad de una reorientación e integración jerárquica de los distintos componentes de la persona humana y de ésta a Dios, a fin de alcanzar la verdadera paz.
Cada aspecto de nuestro ser tiene sus demandas, fuerzas y exigencias, las cuales libradas a ellas mismas reclaman su satisfacción sin importarles mucho de las demás. Somos anárquicos.
La gracia y el arte del bien vivir monástico procuran poner medida, orden y jerarquía en nuestro interior, posibilitando una vida fructuosa, equilibrada y constructiva, acorde con el designio de Dios y la nueva realidad que somos: hijos de Dios. La paz, siempre precaria pero posible, es fruto de este ordenamiento interior. A mayor ordenamiento e integración personal, mayores posibilidades de vivir en paz consigo mismo y con los demás.
Los monjes siempre hemos aspirado a la unidad, a la integración de la persona. Esto significa poseer una suficiente coherencia entre lo que pensamos, sentimos y actuamos. Cuando esto lo hacemos desde la fe y el amor a Cristo, la paz de Cristo se establece en la conciencia como fruto de una vida que verdaderamente se empeña en seguir a Cristo, y el Espíritu va asimilando progresivamente a la persona de Jesús.
Como ustedes saben, la integración personal, es un valor muy apreciado hoy por la cultura imperante, pero para que efectivamente se dé, es necesario que la persona tenga un polo o centro de atracción interior dominante, que polarice en torno a él la mayoría de sus fuerzas y energías interiores. La persona necesita vivir para alguien, su vida tiene que tener un sentido, no bastan las ideas por más grandes que sean, ellas son necesarias pero no movilizan ni dan constancia a la persona, es necesario ¨sentir¨ las cosas, amarlas, en otras palabras, es necesario implicar la afectividad, porque ella sí moviliza a la persona y es la que la integra. Es la tarea de la caridad en nosotros.
La fuerza más profunda que nos anima es el amor. Pero éste, fragmentado en mil solicitaciones prometedoras de felicidad que nos tiranizan y esclavizan en direcciones opuestas, nos hace realmente muy infelices. La conversión, con su ascesis, tiene la misión de re-ordenar e integrar este amor, en el único y verdadero amor que hace feliz al monje y a la monja: el amor de Dios.
Usando correctamente (ordenadamente) el impulso de este deseo, es como el monje recuperará el gozo y la paz, pero para esto deberá recorrer el camino de la madurez, es decir, el de la purificación y el de una cierta disciplina personal en el que la renuncia será la moneda corriente. Habrá que renunciar mil veces porque no nacemos ¨hechos¨, sino que nos vamos ¨haciendo¨, lo cual implica orientar energías hacia objetivos concretos que equilibren a la persona en la unidad, y a ésta con Dios. Este proceso pondrá siempre a prueba el camino de la paz y del amor, porque, otra vez, es un camino pascual: por la muerte y la resurrección llegamos a la paz de Cristo.
La ¨disciplina¨ monástica, con todo lo que tiene de estructurante y ordenadora de nuestra vida, si es asumida y vivida desde esta perspectiva ¨sanadora¨ y ¨promotora¨ del amor, poco a poco cumple su objetivo de reformar nuestras costumbres y liberar nuestras mejores energías para ponerlas al servicio del amor. Es el sentido de las observancias monásticas.
Hoy, creo que es importante presentar las ¨observancias¨ de un modo convencido y atrayente. Vivimos en una cultura ¨light¨ donde se privilegia lo placentero, lo fácil y sin esfuerzo, lo que se consigue ¨ya¨. Por otra parte, nunca como ahora las personas han estado tan atentas e interesadas en el desarrollo de sí mismas. Esto es una oportunidad para las observancias monásticas, pero tienen que ser propuestas y vividas de un modo naturalmente gozoso y positivo para las personas. Tienen que ser vistas como un camino positivo para el desarrollo personal y la unión con Cristo. En otras palabras, los ejercicios de la vida monástica deben ser vistos y vividos desde su profundo sentido antropológico y teologal. Me parece que este enfoque, que no está ausente en el campo del deporte y de la salud –viven imponiendo disciplinas…- no debería estarlo tampoco en nuestros claustros. En este sentido, no sólo es tarea de superiores y formadores, sino también de nosotros, los más antiguos en la vida monástica, como testigos de una transformación en Cristo operada no sólo por el paso de los años, sino por la gracia y la eficacia milenaria de estos medios.

Comunión:

La paz de Dios es fruto de la comunión. Su presencia en el corazón es signo de que el amor y la unión interpersonal existen. Por eso ella se convierte en un signo privilegiado del discernir del corazón.
Como siempre, debemos buscarla en nuestras relaciones con Dios, el prójimo y nosotros mismos, teniendo presente que cada uno de estos ámbitos son intercomunicables. Es decir, hay verdadera paz cuando ella está presente en los tres, aunque en el ojo de nuestra conciencia en un momento determinado predomine uno u otro. Toda la persona es la que alcanza o no la paz.
Les propongo centrar nuestra reflexión sobre dos aspectos fundamentales de la comunión: la reconciliación y el crecimiento. Monásticamente hablando ambos procesos suponen el amor, y más concretamente un ¨descentramiento¨ de la persona, como consecuencia del descubrimiento personal que hacemos de Cristo y su llamado. Es decir, la conversión y el seguimiento monásticos.
Abrazar la vida monástica implica dejar entrar a Dios con la acción de su Espíritu en lo más profundo de nuestra existencia. Es decir, como enseña san Pablo, dejar reconciliarnos con Dios reconociendo nuestra miseria y confesando su misericordia (2 Co 5,20-22). Un resultado de esto, que nos restaura e inserta radicalmente en la comunión con Dios, el prójimo y nosotros mismos (Rm 5,1.9.11), es que gradualmente hacemos la experiencia de un Dios diferente al conocido desde nuestras necesidades, intereses, deseos, e incluso ideales personales de perfección.
Poco a poco vamos descubriendo y haciendo nuestra una imagen de Dios más pura y verdadera que, gradualmente asimilada, va tomando y centrando toda nuestra personalidad y existencia. Comenzamos a vivir desde los ¨planes¨ de Dios para nosotros, en lugar de los nuestros para con Dios. Nuestra mente deja de estar centrada en lo que ¨yo siento¨ , ¨yo pienso¨, ¨yo quiero¨, ¨yo hago¨, ¨yo sufro¨…., sino en el proyecto que da sentido a mi vida, el que comparto con mis hermanos y hermanas, y el que es construido a partir de una búsqueda sincera y activa de la voluntad de Dios. En otras palabras, comenzamos a vivir para Dios, en las obras de Dios, en el prójimo y en nosotros mismos.
Pero como bien dice el salmo: pecador me concibió mi madre, y también, yo reconozco mi delito, mi pecado está siempre ante mí. (Sal 51, 7.5). Somos pecadores y necesitamos el perdón. Necesitamos que Dios y el prójimo nos perdonen y necesitamos también que nosotros mismos sepamos perdonarnos a nosotros mismos a fin alcanzar la paz y ser capaces de perdonar.
La paz se basa y se nutre de la verdad y de la justicia; sin ellas no hay paz. El N.T. nos presenta la paz como reconciliación universal por medio de Cristo. Reconciliarse es hacer ´las paces´ con otra persona; es decir, reconocer la verdad de nuestro error o nuestra falta para con los demás, pedir perdón, porque verdaderamente hemos ofendido o dañado, y cambiar nuestra manera de pensar y comportarnos frente a ella, dando paso a una relación nueva de apertura, donación, encuentro… , comunión. De este modo la paz termina asentándose en la libertad y el amor.
Por eso el perdón, en cristiano, supera lo ético: nos hace encontrarnos con Dios. Por eso la ¨vida nueva¨ del monje o de la monja están siempre envueltos en el perdón de Dios y de sus hermanos/hermanas. Por eso la reconciliación, especialmente la que recibimos de Dios, pone fin a una situación desgraciada donde ciertamente es imposible que la verdadera paz pueda florecer.
En cambio, gracias a que ella nos restablece como hijos y como hermanos reinsertándonos en la comunión, la paz nace como flor exquisita en el corazón. Por eso ella pide que una vez alcanzada, ese perdón, esa reconciliación, sean capaces en nosotros de manifestarse en nuestra vida, es decir, hacernos efectivamente personas capaces de perdonar desde lo más íntimo de nosotros mismos, en una dinámica de perdón y reconciliación permanente en la comunidad porque, como nos indica el Padrenuestro, los frutos del perdón recibido tienen que manifestarse en la vida, es decir, vivirse en el perdón entre hermanos (Mt 6,15 ). No hay espacio para el odio y el rencor, aunque muchas veces el camino sea largo y doloroso. No debiéramos olvidar que nuestro perdón siempre es el de perdonados; nadie es justo.
Pero la reconciliación con su paz no es todo; hay que crecer en el amor. Esa es nuestra vocación. Sólo el crecimiento en el amor nos da la verdadera paz, aquella que sabemos viene de Dios y nos hace estables en Él, en medio de los sufrimientos y avatares que inevitablemente conlleva nuestra vida.
El crecimiento del amor en nuestra vida, me parece que está fundamentalmente en el paso de un amor ¨posesivo¨ a uno ¨oblativo¨. Comenzamos a vivir para Dios y para el prójimo, gracias a esa nueva imagen de Dios que descubrimos y a la cual nos asimilamos. Descubrimos experimentalmente que Dios nos ama así. Experimentamos de tanto en tanto en el corazón el impulso del Espíritu para amar así. Nos animamos tímidamente al principio a amar así, y experimentamos la riqueza, el gozo y la paz de amar así. Esto madura nuestra personalidad y es fuente profunda de paz.
Si miramos a la Trinidad, en ella vemos que todo es amor: donación plena de las Personas entre sí. Si miramos a Cristo, tanto en su vida como en su muerte, es puro don de sí para los demás. Si miramos a la tradición cristiana, de la cual en estos días hemos tenido singulares ejemplos de hombres y mujeres hacedores de paz, la constante en ellos es el don de sí mismos. Es que el amor, como plenitud de la vida cristiana, siempre es don de sí, en cualquiera de sus relaciones. Dándose, el monje o la monja se hallan (Mc 8,34-37); la paz profunda del corazón se encuentra aquí, en ese ¨sabernos¨ efectivamente para los demás, haciendo nuestro en lo que más podemos la persona y los planes de Jesús para nosotros.
La paz del corazón que brota de este seguimiento radical de Jesús nos revela también quién es Él. Con nuestra inteligencia podemos conocer mucho acerca de Dios, de Jesús, de su Misterio, y todo esto es muy bueno, pero siempre es éste un conocimiento superficial, como exterior a la persona de Jesús, porque no nos revela su verdadera interioridad, y solamente conocemos verdaderamente a las personas cuando tenemos acceso a su conciencia, al interior de lo que ellas son. Pues bien, sólo el amor hecho seguimiento de Jesús, es el que nos abre la puerta a su intimidad, nos hace ¨saber¨ -diría san Bernardo- quién es Él, y esto sacia en parte nuestra sed de Él, dándonos la experiencia de su paz. Por eso, poner nuestros pasos en el camino de la paz es esencialmente amor de comunión.

2. Buscar la paz en la comunidad
Si ahora nos fijamos en la comunidad, en el contexto humano más inmediato en que vivimos, vemos que la paz sigue siendo fruto del Espíritu Santo, es decir, gracia y colaboración humana. Es verdad que las estructuras humanas y comunitarias ayudan a que la paz se dé y son muy importantes, pero ellas no producen la paz: la paz sigue siendo en la comunidad un fenómeno de gracia y del empeño de los hombres o mujeres que la componen. Ella es fruto de la unión de nuestras personas singulares, con todas sus notas de individualidad, en la comunión que constituye a la comunidad. Es el milagro de la unión de los corazones individuales en la unidad de la comunión. En otras palabras, la ¨con-cordia¨.
Para alcanzarla, debemos siempre hacer un cierto esfuerzo de salir del ámbito más o menos estrecho de nosotros mismos para encontrar y comulgar con los demás. Este movimiento de por sí suele ser costoso y muchas veces el concordar con los demás implica renunciar, posponer, resignar propios deseos e ideas. Es el aspecto pascual de buscar la paz en la comunidad, que Dios bendice y el Espíritu Santo hace florecer en el corazón del que se empeña en amar al prójimo y a Dios en su expresión comunitaria. De aquí la importancia de la presencia de los ¨pacíficos¨ y las ¨pacíficas¨ en la comunidad; a su modo ellas y ellos engendran paz, a partir de la paz que viven y llevan en su corazón. Ejercen verdaderamente un ¨ministerio¨ entre nosotros.
Aquí también la paz será siempre precaria. Le amenazan nuestros vicios y pecados de hombres y mujeres ¨viejos¨, nuestra inercia para amar y construir la comunidad, los conflictos y también el mal espíritu. Quisiera decir alguna palabra sobre los conflictos y, enseñados por ellos, sacar algunas conclusiones que nos ayuden a buscar la paz en la comunidad.
Si se fijan, todas las guerras se hacen por la paz; ¡Vaya paradoja! Pareciera, entonces, que la ausencia de conflictos en la comunidad testimonia su paz. Esto no es siempre cierto ni tampoco es siempre bueno. Jesús también vino a traer conflicto y división (Mt 10, 34 – 36). El Reino se abre paso entre tensiones y dolores entre nosotros, por eso muchas veces los conflictos comunitarios son signos para la salud evangélica; nos indican, como los dolores en el cuerpo, que hay cosas que no andan bien, que hay lugar para la luz y el crecimiento, que la justicia, el amor, la libertad, la verdad están sufriendo y piden cambios de situaciones entre nosotros. Pero es claro también, que los conflictos pueden ser la expresión de nuestro egoísmo, agresividad y cooperación con el mal. ¡Hay que discernir!
Por lo general, entre nosotros se dan tres tipos de conflictos: conflictos por intereses materiales; conflictos por diferencias de valoración, estima, reconocimiento, influencia de unos con otros; y conflictos de tipo personal, debidos a amenazas existenciales de distinto tipo que alguno o algunos puedan experimentar en comunidad, ligados por lo general a sus propias personalidades.
Todo conflicto está formado por elementos personales y de situación de las personas involucradas, todo lo cual adopta una forma particular a la que llamamos ¨conflicto¨. En todo conflicto hay un fenómeno cognoscitivo –generalmente divergente- sobre la realidad, una serie de sentimientos y valoraciones más o menos profundos que colorean y dan dramaticidad; y las correspondientes actitudes que defienden esas posiciones pero que a la vez rigidizan y tensan la situación dificultando alcanzar la paz mediante su resolución. Para comenzar a resolver el conflicto hay que empezar por determinar bien en qué consiste: precisarlo. No es infrecuente entre nosotros que lo que parece ser conflictivo en realidad no lo es, sino que lo que se presenta es insatisfacción por otra cosa, pero que se presenta de este modo a manera de lenguaje. La consecuencia es que podemos desgastarnos en buscar la paz donde no hay conflicto, a la vez que no llegamos a su verdadera causa y ésta queda latente ¨hasta la próxima….¨ Somos complicados… y muchas veces ni nosotros mismos sabemos lo que nos pasa o qué queremos…
Precisado el conflicto, la paz necesita por lo menos de tres actitudes:

a – No culpabilizar, porque el hacerlo tensa la situación y es la fuente de la escalada del conflicto, elemento que hay que minimizar. Por otra parte, si deseamos una solución, tenemos que dejar una puerta abierta para que las partes puedan tener acceso a una salida aceptable para cada una de ellas; de lo contrario será mucho más difícil que modifiquen sus posiciones. Esto se consigue evitando explicar el conflicto a partir de las características o las disposiciones de las personas; esto se verá más adelante, hay que esperar su hora.
b – Ser lo más objetivo posible comunicando, informando, dialogando, etc. para ir modificando la percepción y el contenido conceptual de las partes e ir descubriendo y estableciendo puntos comunes de posible entendimiento. Muchos conflictos se basan en la ignorancia, los malos entendidos y seudo-verdades. La verdad es generadora de paz; hay que acercarla a las partes.
c – Reconocer las diferencias. Para esto hay que ser sincero y valorar lo que cada uno tiene. Las diferencias son parte de la verdad. Esto puede ser fuente no sólo de paz, sino de una unión más profunda; aquella que la verdad es capaz de provocar. Además, esta valoración permite hacer bajar las defensas y dar lugar a que se formen nuevas actitudes y sentimientos recíprocos.

Con todo, siempre será verdad aquello que nos enseñó Jesús sobre la necesidad de llevarnos las cargas los unos a los otros, porque en esto nos asemejamos a él, que llevó las nuestras, y en esto el Padre nos reconoce como hijos (Mt. 5,9).
En consecuencia, para buscar y vivir la paz en la comunidad, me parece importante que en la práctica en nuestras comunidades existan razonablemente bien los siguientes elementos:


1. Una orientación compartida de la comunidad y la vida monástica, expresadas en una visión común, compartida por la mayoría de sus miembros. Esto une a sus integrantes; permite que puedan desarrollar su identidad con ella y sirve de discernimiento en sus posibles conflictos.
2. Una organización clara de funciones y responsabilidades, en la cual los roles y las tareas a desempeñar por sus miembros sean conocidos y respetados por todos, animada por una autoridad que efectivamente preste el servicio de gobierno. Siempre existirá la organización ¨informal¨, pero para que haya comunidad y ésta funcione, tiene que existir una estructura reconocida. Ella es fuente de paz porque aporta un orden.
3. Un cierto dinamismo de diálogo, perdón y corrección mutua, dónde la comunión pueda efectivamente ejercitarse participando y restaurarse si es necesario. Siempre habrá distintas maneras de ver y resolver las cosas que hacen a la vida. Cierto pluralismo es riqueza indispensable en la comunidad; como así también la presencia ¨sana¨ de cierta ¨marginalidad¨ que nunca ha faltado en los monasterios.

3. Irradiar la paz al mundo
Nuestras comunidades son lugares santos. A su modo, presencias de Dios en el mundo que prolongan proféticamente su reconciliación y su paz. Es algo que la gente naturalmente intuye y expresa al acercarse a nuestros monasterios.
Pero el signo no basta. Hace falta la realidad, es decir, hombres y mujeres de paz, que vivan y lleven la paz de Dios en el corazón, y que sencillamente la difundan entre sus hermanos formando entre todos ese foco de paz que son nuestras comunidades en medio de un mundo injusto, violento y sufriente.
Estamos llamados a ser luz y sal del Evangelio (Mt 5, 14-18), pero también pacificadores, es decir, hombres y mujeres que alcanzados por Dios se empeñan en ser hijos e hijas de Dios en medio de sus hermanos oprimidos y en discordia, abriendo caminos de entendimiento y comunión. A ellos Jesús los llamó Bienaventurados (Mt 5, 9), porque pareciéndose a él (Ef 2,13), se parecen a su Padre, el Dios de la Paz (2 Ts 3,6).
Coloquemos – entonces, todos juntos - nuestros pies por el camino de la paz, aceptando el don y su desafío.

P. Eduardo Gowland, o.c.s.o.
Ntra. Sra. de los Ángeles
Azul – Argentina
Noviembre 2006
SURCO


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